Virginidad perpetua de María
Con paz y tranquilidad vamos ahora
a considerar esta verdad de la virginidad de la Virgen María. La Iglesia nunca
ha dudado la virginidad de la Madre del Señor. Así, desde los primeros símbolos
de la fe, los cristianos siempre han profesado que Jesús nació de María
Virgen, como leemos en el Credo de los Apóstoles.
La
concepción virginal del Hijo de Dios está muy clara en el Nuevo
Testamento. Fíjate que es lo primero que se afirma de Cristo en el primer
capítulo del Evangelio de Mateo: “La Madre de Jesús estaba
desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo
por obra del Espíritu Santo”. Y recalca otra vez a continuación que “la
criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Y lo comprueba por tercera
vez, como lo había prometido el Señor: “Mirad, la Virgen está encinta y da a
luz un Hijo… Dios con nosotros”.
Pasemos
a la narración de la Anunciación que hace con toda precisión San Lucas.
Por dos veces escribe la palabra “virgen” referida a María: “Fue enviado por
Dios a una virgen desposada con José… y la virgen se llamaba María”.
Ante
el anuncio de la Encarnación del Hijo de Dios, la Virgen responde que “cómo
será eso, pues no conozco varón”. Y el ángel le responde que “el Espíritu Santo
vendrá sobre ti… pues para Dios nada hay imposible”.
Fíjate bien, que la
única condición que la Virgen pone al ángel Gabriel acerca de tener un hijo es
no conocer varón (“¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?”).
La
Virgen María dice esto “estando desposada con un hombre llamado José”, como
dice el evangelio antes que sucediera la Anunciación. Y estando desposada con
José, la virgen afirma que “no conozco varón”. Y eso ambos que vivían en el
mismo pueblo de Nazaret que era muy pequeño, y ya estaban prometidos.
Pero
es que cuando la Virgen dice que no conoce varón, está diciendo que no tiene
relaciones, ni mantiene relaciones con varón, que no tiene contacto marital,
que no tiene contacto carnal con ningún hombre. Y la Virgen lo dice con toda
firmeza.
Además,
el verbo está dicho en el presente del hebreo, que tiene más fuerza que en
nuestro idioma. Quiere decir que hay en la Virgen un propósito firme de no
tener relaciones con ningún hombre (ni he tenido ni tendré, ni antes ni
después). Es una decisión de por vida, una determinada determinación de la
Virgen, un voto de virginidad como explicarán sabiamente San Agustín y Santo
Tomás de Aquino. Por eso también Lucas recalca dos veces el término “a
una virgen”, “y la virgen se llamaba María”.
Ya
sabes que, desde las primeras formulaciones de la fe, la Iglesia ha
confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por
el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este
suceso, sin intervención de varón, sin concurso de varón, sin
elemento de varón, por obra del Espíritu Santo.
Es
más, ya desde los siglos I y II, los padres apostólicos defienden
la virginidad de la Virgen, como por ejemplo San Ignacio de Antioquía,
que dice que “el Hijo de Dios nació verdaderamente de una virgen”.
Lo mismo escriben el filósofo San Justino y el profundo
teólogo San Ireneo de Lyon. Recuerda que ambos son del siglo
II, y que, por tanto, han bebido de la reciente enseñanza de los apóstoles de
Cristo.
Es
la fe que el amplio Credo de San Epifanio expresó con el término “siempre
virgen”, ya en el año 374.
San
Agustín, en el siglo V, decía con mucha elegancia en su genial oratoria:
“María fue virgen al concebir a su Hijo, virgen durante el embarazo, virgen en
el parto, virgen después del parto, virgen siempre”. Es lo que el Papa Pablo IV
articuló en la fórmula ternaria de “virgen antes del parto, en
el parto y perpetuamente después del parto”.
MARÍA
antes…………….……..…….en el
parto……….….….…….y después
Siempre Virgen
Por
eso, la liturgia de la Iglesia celebra a María como la
“siempre virgen”, siendo en todos los siglos del cristianismo un término normal en
la fe del Pueblo de Dios, y rezando por ejemplo así: “Por eso ruego a Santa
María, siempre Virgen”.
Esta
misma fe ha sido recogida también en tiempos modernos por el Papa Pablo
VI, en el Credo del Pueblo de Dios: “Creemos que María es
la Madre, siempre Virgen, del Verbo Encarnado”. Y el Papa Juan Pablo II lo
recalcó con toda su fuerza junto al Pilar de Zaragoza: “Esta verdad hay que
mantenerla siempre en toda su amplitud”.
Como
lo enseña Francisco María Fernández, gran experto en lenguas
clásicas, “la doctrina de la virginidad de Santa María incluye estos cuatro
aspectos:
-sobre
la virginidad biológica: la integridad física y ausencia de relaciones
carnales;
-sobre la virginidad espiritual: la decisión consciente de María de
no tener este tipo de relaciones, y la entrega generosa al Señor sin dividir el
corazón.
Y
recalca que se trata de una decisión libre y voluntaria de la
Virgen.
En
el prólogo del Evangelio de Juan encontramos una referencia al
parto virginal “sin sangres” del Verbo, la Palabra hecha carne. Hay una alusión
igualmente en la Anunciación: “El que nacerá santo, será
llamado Hijo de Dios”.
Hay
también indicios y señales de este parto milagroso en Belén: “Y María dio a luz
a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque
no había sitio para ellos en la posada”. Ella misma, inmediatamente después del
parto, lo envuelve con paz y sencillez en unos pañales, con inefable amor de
Madre, y lo acuesta con todo cariño y entereza en un pobre pesebre, mientras
“guardaba todas estas cosas y las iba meditando en su Corazón”. Por tanto, la
Virgen, Madre de Dios, estaba totalmente entera en la noche del parto en Belén.
“¡Es el
Hijo de Dios!”. Y según la expresión que recoge y escribe San Marcos en su
evangelio, “el Hijo de María”.
Si
quieres, estudiamos ahora, brevemente, tres palabras con toda claridad, para
que no haya ninguna confusión, y siendo muy fieles al significado hebreo y
arameo con que se pronunciaron en el contexto de aquel tiempo:
1º)
María “dio a luz a su hijo primogénito”. Ante todo, hay que indicar que la palabra
“primogénito”, considerada en su sustrato semítico (hebreo, arameo), no
implica otros hermanos posteriores; es simplemente un término de valor jurídico
que en hebreo se dice bekor, con sus derechos de primogenitura. Hay
pasajes de la Biblia donde se llama primogénito a un hijo único (“mirarán al
que atravesaron; harán duelo como por un hijo único y llorarán como se llora a
un primogénito”). Es conocido el hecho del hallazgo de una inscripción
sepulcral judía, en la que se habla de una madre muerta en el parto de su
primogénito (murió al dar a luz a su primogénito; luego no tuvo más hijos).
También nosotros decimos hoy en día “acaba de tener a su primer hijo”.
Recuerdo que me dijeron de una mujer que yo casé, hace ya mucho tiempo, que
“Consuelo, acaba de tener a su primer hijo”. Y después, resultó que ya no tuvo
más hijos.
2º)
“Y, sin haberla conocido, dio a luz a su hijo, al que puso por nombre Jesús”.
Ésta es la traducción del griego en cuanto a su sentido, pues literalmente dice
así: “Y José no la conocía hasta que dio a luz un hijo”. La
partícula griega eos (lit. hasta que) no insinúa que
después la haya conocido, sino sólo subraya la virginidad de la Virgen
María en el momento del parto del Señor. Esto se comprueba con algunos
ejemplos bíblicos evidentes:
-“Promoverá
fielmente el derecho; no vacilará ni se quebrará hasta implantar
el derecho en la tierra”. No significa que después sí vacilará.
-“Mical,
hija de Saúl, no tuvo hijos hasta que murió”. No significa,
claro está, que después de morir, sí tuviera hijos.
-“Yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
Evidentemente, no significa que, cuando se acabe este mundo, Jesús ya no vaya a
estar con nosotros en el cielo.
Otros
muchos pasajes de la Escritura reunieron, ya en el siglo IV, el gran
especialista San Jerónimo para mostrar que la expresión “hasta
que” tiene este sentido asertivo, sin indicar un cambio de situación después
del término temporal aludido.
3º) La Escritura menciona unos hermanos y
hermanas de Jesús. Pero ya se sabe que entre los semitas la
palabra “hermano” se aplica también a parientes, sobre todo a primos. En el
Nuevo Testamento nunca se dice de los hermanos de Jesús que sean hijos de
María, la Madre del Señor. Basta hacer un análisis de las listas en que se nos
dan sus nombres. En efecto, por ejemplo, Santiago y José son los hijos de
una María discípula de Cristo que se designa de manera significativa como
“la otra María”, distinta de la Virgen María y de María Magdalena. Se trata
de parientes próximos de Jesús, según una expresión muy conocida
del Antiguo Testamento.
Jesús
es el hijo único de María, aunque la maternidad espiritual de la Virgen se
extiende a todos los hombres.
Podemos
resumir de la siguiente manera, la diferencia entre el parto físico en Belén y
el parto espiritual junto a la Cruz, éste 33 años más tarde, al unirse
plenamente la Virgen al dolor de Cristo en su Pasión:
La Virgen, Madre de Dios,
sin dolor dio a luz al Hijo de Dios;
pero con mucho dolor María nos engendró
a nosotros, los hijos de Dios.
O bien, un poco más breve:
sin dolor, dio a luz al Hijo de Dios;
mas con dolor, a nosotros, los hijos de Dios.
Virgen y Madre, éste es el milagro de
Dios. Virgen y Madre, sólo Dios lo pudo hacer. Flor y fruto a la vez. Flor que
no se marchita y fruto que lleva en su seno. Como le dijo Isabel a María,
movida por el Espíritu Santo, “bendito es el fruto de tu
vientre”. Y como le aclamó esa otra buena mujer, levantando la voz, de entre el
gentío, a Jesús, “dichoso el vientre que te llevó”.
Pongamos
ahora una comparación o imagen bíblica de María y del fuego espiritual que
ardía en su Corazón:
La
virginidad de la Virgen María es como esa zarza ardiente que
vio Moisés en la montaña santa. Así, esa zarza que ardía sin consumirse, sin
apagarse nunca, es imagen de la Virgen María que conservaba siempre el amor
virginal de su corazón inflamado y enamorado de Dios. Escuchamos el relato del
suceso:
“Entonces,
Moisés, después de fijarse bien, se dijo:
-Voy
a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema
la zarza.
Y
el Señor le llamó desde la zarza:
-Moisés,
Moisés.
Él
respondió:
-Aquí
estoy, Señor”.
De
algún modo parecido, tú también puedes pensar:
-Voy
a acercarme al Corazón de María, a ver cómo es que no se apaga
nunca el fuego de su amor hacia nosotros, pues me admira que nunca se acaba ni
se agota el amor de nuestra buena Madre hacia sus hijos, sino que cada día es
mayor y mejor.
Me
recuerda lo que dijo un día Jesús: “He venido a prender
fuego en el mundo ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”.
También
María es como esa pequeña nube que, en tiempos del profeta
Elías, anunció la abundancia de los bienes del cielo. Así, esa blanca
nubecilla fue una bendición de Dios para el pueblo, pues trajo la ansiada
lluvia que acabó con la terrible sequía. Puedes leerlo en el primer libro de
los Reyes.
Igualmente, María
es pequeña y humilde, y así se reconoce en su cántico del
Magníficat: “Dios ha mirado la pequeñez de su sierva”. Pero siendo la Virgen
pequeña y pobre, trajo la salvación al mundo, dándonos a su hijo Jesús en
Belén.
La
Virgen, por ser la Madre de Cristo, es fuerte y participa de la fortaleza
del Espíritu Santo. María tiene el don de la fortaleza. Recuerda lo que el
ángel del Señor le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del
Altísimo te cubrirá con su sombra”.
La
palabra griega dinamis, que es la que usa el evangelio, admite
varias traducciones muy parecidas: “No temas, pues el
vigor-poder-valor-fortaleza-potencia-capacidad-virtud… dinámica del Altísimo te
envolverá”.
Y
así, María, siendo virgen y permaneciendo virgen, se hace Madre del Salvador
gracias a la fortaleza del Espíritu de Dios. En resumen, la Virgen es Madre y
fuente de vida “por obra del Espíritu Santo”.
Seguramente
recordarás el ejemplo de Sansón en la Biblia, en el libro de
los Jueces. Sansón era muy fuerte, gracias al Espíritu del Señor, como dice la
Escritura. Tenía más fuerza que todos los filisteos, y que los animales contra
los que luchó, salvando y protegiendo muchas veces al Pueblo de Dios.
Pues
al igual que Sansón, la Virgen María fue, al mismo tiempo, prudente y valiente,
y nunca cobarde. María fue fuerte como la Torre de David y
como la Ciudad de Jerusalén, fortificada con murallas y baluartes. María es
también hermosa como la Torre de Marfil, y reúne en perfecta
armonía la belleza y la fortaleza, como mujer bellísima llena del Espíritu de Dios.
Aquí
quiero recordar una frase de San Juan de Ávila, patrón del clero
español, y que decía con toda firmeza que “prefiero estar sin pellejo que sin
devoción a María”.
Y
lo que enseña el Concilio Vaticano II: “La verdadera devoción a la
Virgen no consiste en un sentimiento pasajero y sin frutos, ni en una
credulidad vacía. Al contrario, procede de la verdadera fe, que nos lleva a
reconocer la grandeza de la Madre de Dios, y nos anima a amar como hijos a
nuestra Madre, imitando sus virtudes”. Así, María será de verdad “señal de
esperanza cierta y de consuelo”, prosigue explicando el mismo Concilio.
Por
eso, hermano, el amor a María, tu Madre, no es ningún sentimentalismo, sino que
debe proceder de una fe fuerte y debe llevarte a un compromiso real y
concreto de amor a los demás y de ayuda a los pobres y necesitados,
tus hermanos, que son también hijos de Dios y de María, como tú.
Ya
sabes por la Historia de la Iglesia que el mejor defensor de la virginidad de
María fue San Ildefonso de Toledo. A él dedicamos un merecido
recuerdo, vivo y presente.
Antes
de terminar este capítulo, recordemos el sentido profundo de la
virginidad de la Madre de Cristo. Como explica muy bien el Catecismo de la
Iglesia Católica, “la Virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de
Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios”. Así lo dijo
Jesús claramente, ya desde los 12 años, en el Templo de Jerusalén: “¿Por qué me
buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”.
Y
continúa el Catecismo de la Iglesia enseñando que “María es
virgen porque su virginidad es el signo de su fe no adulterada por duda alguna
y señal de su entrega total a la voluntad de Dios”. Además, “el sentido esponsal de
la vocación humana con relación a Dios se lleva a cabo perfectamente en la
maternidad virginal de María”.
Es
decir, la Virgen está totalmente centrada en Dios, al que ha entregado todo su
corazón sin dividirlo, al que ama con todo su corazón indiviso. María está
totalmente dedicada a Dios en cuerpo y alma. Su descanso es el amor del Señor.
Por
eso, la santísima Virgen es modelo también de las vírgenes cristianas,
que han dado al Señor lo más íntimo y profundo de su ser, sin dividir su
corazón. Ponen el descanso del corazón solamente en Dios. El Corazón
de Jesús es su descanso, como así lo era para el apóstol San Juan, el discípulo
tan amado, reclinado sobre el pecho del Señor. Así, la virginidad cristiana,
más que una renuncia, es una entrega total al amor de Dios, al haber encontrado
en la vida el tesoro del Corazón de Cristo, esposo del alma. Y, llena de este
amor divino, ama al prójimo y a todo el mundo, especialmente a los más pobres y
necesitados, como hacía Santa Clara de Asís.
Valorar
la bondad y la belleza de la virginidad, por el Reino de los cielos, no
significa de ninguna manera menospreciar el amor matrimonial. Todo lo
contrario. La Iglesia siempre ha bendecido el matrimonio como
un santo sacramento. Así, Dios bendice el amor de los esposos y
su vida conyugal, de donde nacen sus hijos, los niños tan queridos y amados por
Jesucristo, nuestro Dios y Señor, fuente del amor y de la vida.
María
es modelo también de los seglares y de la vida familiar, llena de
amor y cariño. Así la Sagrada Familia de Nazaret es ejemplo de
convivencia y diálogo sincero para todas las familias. Qué bien lo explicó el
Papa Pablo VI allí mismo en Nazaret en su visita a Tierra Santa: “Nazaret es la
escuela donde se aprende la verdadera ciencia de la vida, la oración y el
trabajo, el silencio y el amor”.
María
es la mujer siempre joven; es la Virgen de eterna juventud, es la Esposa llena
de juventud y de limpia hermosura. Cuántas veces el Papa Juan Pablo II repetía:
“Jóvenes, sí, queridísimos jóvenes, vosotros sois el futuro y la esperanza
de la Iglesia y de la humanidad”.
La
joven María tuvo un especial cariño a su prima Isabel, atendiéndola en
su vejez y dedicándole su tiempo y compañía. Así, la Virgen es también
modelo de la Iglesia en su amor a los mayores, especialmente a los enfermos
y ancianos desamparados.
Pero
vayamos terminando este capítulo, invitándote al descanso. Como la esposa
descansa con su esposo, así descansará la consagrada con Dios, su Amado. Y como
descansa un pequeño en el regazo de su madre, así también tú puedes descansar en
los brazos de María, sin temer nada.
Recuerda
que Dios, después de haber creado todo, descansó al séptimo
día, como narra metafóricamente el primer libro de la Biblia.
Se
trata ahora de calmarse, delante de Alguien que de veras te ama.
Sin miedo, con paz y confianza. Como le dijo el ángel a José: “No
temas recibir a María… que viene del Espíritu Santo”. Igual te digo yo a
ti, hermano y hermana: no temas recibir a la Virgen por Madre tuya, que María
es muy buena, y de verdad te hará mucho bien.
Puedes
mirar algún buen cuadro de María, alguna Inmaculada del pintor Murillo o
de tantos otros verdaderos artistas. Mira a la Virgen encinta, ahí tienes a tu
Madre. Puedes permanecer en paz y silencio o, si prefieres, escuchando un Ave
María de Schubert. Hay miles de bellas canciones en honor de María
Santísima. Y de poesías preciosas, como la de tantos que se acuestan y duermen
recitando esta breve y sencilla oración:
Jesús, José y María, os doy el
corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía.
Jesús, José y María, con vosotros descanse en paz el alma mía.
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