Segundo mandamiento: “No tomarás el Nombre de Dios en vano”
“No tomarás el Nombre de Dios en vano”
Se respeta la santidad
del Nombre de Dios invocándolo, bendiciéndole, alabándole y
glorificándole.
¿Quién de nosotros,
oyendo hablar mal del nombre de su madre o de su padre, no sentiría indignación
y enfado?
¿Te has fijado en la
alegría que sienten los padres de un niño la primera vez que el pequeño dice
“papá” y “mamá”, la primera vez que pronuncia sus nombres?
Parece que el niño
naciera verdaderamente cuando empieza a hablar y que tomara posesión del mundo
cuando empieza a llamar por su nombre a las cosas, aunque lo haga
tartamudeando.
¿No es verdad que, ya
de grandes, cuando saludamos a alguien y le decimos nuestro nombre, es como si
al decir nuestro nombre, le entregamos nuestra amistad y nuestra persona?
Detrás del nombre está la persona, está tu persona.
Pues así en el mundo de
lo religioso, Dios ha querido que hables con Él de tú a tú; ha querido que
puedas conocerle y llamarle por su nombre: Dios. Dios Padre, Dios Hijo en Jesucristo,
Dios Espíritu Santo.
Al decir ciertos nombres,
¿no es verdad que sentimos una oleada de ternura en el corazón? Al decir “Dios”
deberíamos sentir un profundo sentimiento de cariño en lo más profundo de
nuestro ser. Sólo el escuchar este dulce nombre deberías sentir una gran paz,
alegría, gozo y fuerza.
En el Padrenuestro,
¿cuál es la primera petición que hacemos a Dios? “Santificado sea tu nombre”.
El nombre de Dios es
tan “Santo” que los israelitas no se atrevían ni siquiera a pronunciarlo y
usaban todo tipo de circunloquios o rodeos: Dios era “el Señor”, o “el
todopoderoso” o “Aquel que nadie ha visto” o “El que está en los cielos” o
“Aquel cuyo nombre es santo”, “El que es”. Y todo, por el respeto que sentían
por Dios.
A su vez los musulmanes
dicen que Dios tiene cien nombres y nosotros conocemos noventa y nueve. Pero
los noventa y nueve son aproximaciones y su nombre verdadero es ese centésimo
que nadie conoce.
Veremos estos puntos
durante mi exposición:
I. ¿Cómo es el nombre
de Dios?
II. ¿Por qué nos regaló
Dios este mandamiento?
III. ¿Cómo hemos de
honrar el nombre de Dios?
I. ¿CÓMO ES EL NOMBRE DE DIOS, TU PADRE?
Estuve releyendo un
pequeño librito del gran maestro filósofo y teólogo, santo Tomás de Aquino,
nacido en el siglo XIII, titulado “El Padrenuestro comentado”. Cuando explica
la primera petición del Padrenuestro “Santificado sea tu Nombre”, dice las
siguientes cualidades del nombre de Dios.
¿Me dejas escribirte
una cita un poco larga de santo Tomás sobre este tema del nombre de Dios?
“El nombre de Dios es,
en primer lugar, admirable porque obra maravillas en todas las criaturas. Por
eso el Señor dice en el Evangelio: “En mi Nombre arrojarán los demonios,
hablarán nuevas lenguas, tomarán serpientes en sus manos, y si bebieren un
veneno no les hará daño” (Marcos 16, 17).
En segundo lugar, el
nombre de Dios es amable< /b>. “Bajo el cielo, dice san Pedro, no se nos
ha dado otro nombre que pueda salvarnos” (Hechos 4, 12). Ahora bien, la
salvación debe ser amada por todos. San Ignacio de Antioquia, que amó tanto el
nombre de Cristo, nos ofrece un ejemplo de este amor. Cuando el emperador
Trajano lo conminó a que negara el nombre de Cristo, respondió que le era
imposible separarlo de sus labios. Y como el emperador lo amenazara con
degollarlo, para arrancar así a Cristo de sus labios, Ignacio respondió:
“Aunque me lo quitaras de mis labios, nunca podrás arrancarlo de mi corazón;
pues llevo este nombre grabado en mi corazón, y es por eso que no puedo dejar
de invocarlo”. Oyendo esto Trajano, y queriendo ver si era cierto, luego de
haberle hecho cortar la cabeza, mandó que le arrancaran el corazón. Y se halló
que en él estaba grabado con letras de oro, el nombre de Cristo. Porque había
puesto ese nombre en su corazón, como un sello.
En tercer lugar, el
nombre de Dios es venerable. Afirma el apóstol que “al nombre de Jesús se dobla
toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno” (Filipenses 2, 10). En
el cielo, por parte de los ángeles y los santos. En la tierra, por parte de los
hombres que viven en el mundo; éstos lo hacen, o bien por amor a la gloria que
desean alcanzar, o bien por temor a las penas del castigo. En el infierno, por
parte de los condenados, que lo hacen por temor.
En cuarto lugar, el
nombre de Dios es inefable, porque ninguna lengua es capaz de expresar toda su
riqueza. Por esta razón a veces se intenta una aproximación por medio de las
creaturas. Y así se le da a Dios el nombre de fuego, en razón de su poder
purificador. Porque, así como el fuego purifica los metales, Dios purifica el
corazón de los pecadores. Por esto se dice en la Escritura: “Vuestro Dios es un
fuego que consume” (Deuteronomio 4, 24)”.
Hasta aquí la cita de
santo Tomás. ¿Qué te ha parecido?
Por todo esto, debes
respetar el nombre de Dios. Pero, sobre todo, debes respetarlo porque es tu
Padre inmensamente bueno y cariñoso que ha buscado, busca y buscará siempre tu
bien y tu felicidad. ¿Cómo le vas a ofender?
II. ¿POR QUÉ NOS REGALÓ DIOS ESTE MANDAMIENTO?
Un hombre incrédulo
quiso hacer un chiste, y dijo: “Si hay Dios, ¿por qué no escribió su nombre en
el firmamento con letras gruesas, para que lo viera todo el mundo? Así no
habría incrédulos”.
Este era el chiste.
Bien malo, por cierto. Pero le faltó decir en qué lengua Dios debió haber
escrito su nombre en ese cielo que tachonan millares de estrellas. ¿En español?
Entonces sólo lo entenderían los de habla hispana. ¿Y el resto?
“Pues, ¡que lo escriba
en una lengua que todos entiendan!” –podría replicar alguno. Justo. Sí, hay una
lengua que comprenden todos: la armonía maravillosa del cosmos. Los cielos
pregonan el nombre de Dios.
¿Cómo es posible que
los cuerpos siderales proclamen el nombre de Dios, y haya hombres, creados a
imagen y semejanza de Dios, que lo toman en vano, lo ensucian, lo desprecian,
lo pisotean?
Entre los cristianos el
nombre de Dios es moneda corriente. Hablan de Él incluso quienes en Él no
creen. Se ha vuelto en muchas cosas una muletilla, una exclamación, un chascarrillo,
una blasfemia a veces.
“¡Dios!” - se escucha
con frecuencia y de manera superficial. Y se escucha en los partidos de fútbol,
entre amigos, cuando uno se golpea un dedo, en medio de un asado entre risotadas.
¡Qué poca seriedad!
Y esa es la razón por
la que este segundo mandamiento se vuelve más importante para ti.
“Dios es celoso de su
nombre”, y demasiadas veces ese nombre es usado vana y torpemente. ¿Te gustaría
a ti, que usaran tu nombre o el de tu madre, en plan de chiste, de broma pesada
e incluso sin respeto? Pues si a ti no te gusta, dime qué pensará Dios al
respecto.
Muchas veces lo usamos
sin caer siquiera en la cuenta de que le estamos poniendo por testigo. Por
superficialidad a veces dices: “Si Dios quiere, Dios mediante, válgame Dios,
Dios te ampare, a la buena de Dios”. Y ni siquiera te das cuenta de que le
estás citando y poniendo por testigo. Si lo dices con respeto y con cariño, no
hay problema. Es más, demostrarías que Dios es para ti alguien siempre presente
en tu vida, en tu pensar y hablar. Pero cuídate de nombrar el nombre de Dios de
manera superficial y distraída.
¡El nombre de Dios es
santo, y hay que utilizarlo santamente y en momentos santos!
Otras veces usamos el
nombre de Dios frívolamente: en los titulares de cientos de películas, en los
anuncios comerciales, o en barcos; ¿te acuerdas del buque Titanic: “A éste ni
Dios le hunde”? ¿Qué necesidad tenían de haber puesto el nombre de Dios en el
barco? Y, ¿qué les pasó? Conoces la historia y la película.
No se debe usar el
nombre de Dios en vano y frívolamente.
Con frecuencia es usado
para proteger nuestras mentiras en falsos juramentos: “Que baje Dios y lo vea,
te lo juro por Dios; que Dios me castigue, si miento”.
O para satisfacer o
apoyar nuestras venganzas: “En nombre de Dios haremos esta guerra”; o cuando,
tras una desgracia, nos lanzamos a decir “castigo de Dios”. ¿Te acuerdas de lo
que pasó con las torres gemelas en Estados Unidos? En “nombre de Dios” se
provocaron esos actos terroristas.
Hay quienes usan el
nombre de Dios para blasfemar (la blasfemia es como una chispa de aquel fuego
del infierno), para reírse de los valores sagrados, para retar o escupir al
cielo, como se dice que hizo el emperador Juliano, el apóstata, al querer
acabar con todos los cristianos y un buen día que iba en su caballo, dispuesto
a matarlos a todos, le cayó un rayo y su caballo se desbocó, muriendo él
desnucado. Antes de morir, cuentan, gritó al cielo diciendo con furia:
“Venciste, Galileo”. Se refería, lógicamente a Cristo, el Galileo.
A todos estos sucios y
frívolos modos de usar el nombre de Dios se refiere este mandamiento. No debes
usar el nombre de Dios para estos casos.
Bastaría acercarte a la
vida diaria para comprobar con cuánta facilidad se usa el nombre de Dios en
vano.
Repasa, por ejemplo,
las páginas de la publicidad en los periódicos. Allí encontrarás con qué
frivolidad se usa el nombre de Dios y de los santos para dar nombres a vinos, a
chocolates, a dulces, a tortas, etc.… ¡Qué falta de reverencia! Con las cosas
de Dios no se debe jugar y menos comercializar. ¡Por favor, un poco de respeto!
Habrás visto algunos
anuncios en la televisión: “Vive la Semana Santa en turismo de primera clase”
... ángeles que conducen autobuses... santos haciendo trampas en la lotería
para que a uno le toque... monjas publicitando un coche último modelo. ¡No puede
ser! ¡Más respeto, por favor!
Todo esto es tomar el
nombre de Dios y de las cosas sagradas en vano y frívolamente.
Burlarse de Dios, de la
Virgen, de los santos, de los sacerdotes, de los religiosos, monjas…es
gravísimo, si se hace consciente, deliberadamente. En el Antiguo Testamento se
castigaba la blasfemia, con el apedreamiento; eran apedreados los que
blasfemaban.
No sé si bastarían las
piedras del camino hoy para poder apedrear a los blasfemos: blasfeman y
maldicen todo, el sol, la lluvia, el frío, el día, Dios... Los que blasfeman,
¿qué tienen en su interior? Si es verdad lo que dice Jesús en el Evangelio que
“de la abundancia del corazón, habla la boca”, entonces saca tú la conclusión.
¡Cuida de nunca
blasfemar en tu vida!
Se cuenta que antes de
ir a acostarse, el papá le dice a su hija:
- ¿Me quieres?
- Mucho, papá.
- Pues ahora, si me
quieres, dame un beso.
- Papá - respondió la
niña- esta noche no.
- ¡Oh! ¿Ah, s í? Y esta
noche, ¿por qué no? ¿No soy siempre tu padre?
- Sí -respondió la
hija- Tú eres siempre mi papá, pero esta noche el beso no te lo puedo dar: hoy has
tenido siempre la boca llena de blasfemias y de palabras feas.
El padre abrazó con
singular cariño a su hija y no respondió más.
Aprende la lección de
esta niña.
Además de respetar el
nombre de Dios, tienes que respetar también las cosas sagradas, por ejemplo, el
altar, los cálices, las patenas, los copones y otros objetos utilizados en la
iglesia y en las misas.
Tienes que respetar las
personas y ministros consagrados a Dios, por ejemplo, al Papa, a los obispos, a
los sacerdotes, a los diáconos y a los religiosos y consagrados al Señor. Se
han consagrado a Dios; por tanto, son pertenencia de Dios y están para llevarte
el mensaje del amor de Dios.
Finalmente, hay que
respetar los lugares que han sido dedicados a Él, por ejemplo, catedrales,
iglesias, cementerios.
Dentro de este segundo
mandamiento no puedo omitir hablarte del juramento.
¿Sabes qué es el juramento?
El juramento es otra
manera de honrar el nombre de Dios, ya que es poner a Dios como testigo de la
verdad de lo que se dice o de la sinceridad de lo que se promete.
A veces es necesario
que quien hace una declaración sobre lo que ha hecho, visto u oído, haya de
reforzarla con un testimonio especial. En ocasiones muy importantes, sobre todo
ante un tribunal, se puede invocar a Dios como testigo de la verdad de lo que
se dice o promete: eso es hacer un juramento.
Fuera de estos casos no
se debe jurar nunca, y hay que procurar que la convivencia humana se establezca
con base en la veracidad y honradez. Cristo dijo: “Sea, pues, vuestro modo de
hablar sí, sí, o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno” (Mateo 5,
37).
Hay diversos modos de jurar:
invocando a Dios
expresamente, por ejemplo, “juro por Dios, por la Sangre de Cristo”, etc.
invocando el nombre de
la Virgen o de algún santo;
nombrando alguna
criatura en la que resplandezcan diversas perfecciones: por ejemplo, jurar por
el Cielo, por la Iglesia, por la Cruz, etc.;
jurando sin hablar,
poniendo la mano sobre los Evangelios, el Crucifijo, el altar, etc.
El juramento bien hecho
es no sólo lícito, sino honroso a Dios, porque al hacerlo declaramos
implícitamente que es infinitamente sabio, todopoderoso y justo. Para que esté
bien hecho se requiere:
Jurar con verdad:
afirmar sólo lo que es verdad y prometer sólo lo que se tiene intención de
cumplir. Siempre hay grave irreverencia en poner a Dios como testigo de una
mentira. En esto precisamente consiste el perjurio, que es pecado gravísimo que
acarrea el castigo de Dios.
Jurar con justicia:
afirmar o prometer sólo lo que está permitido y no es pecaminoso; es grave
ofensa utilizar el nombre de Dios al jurar algo que no es lícito, por ejemplo,
la venganza o el robo. Si el juramento tiene por objeto algo gravemente malo,
el pecado es mortal.
Jurar con necesidad:
sólo cuando es realmente importante que se nos crea, o cuando lo exige la
autoridad eclesiástica o civil. No se puede jurar sin prudencia, sin moderación,
o por cosas de poca importancia sin cometer un pecado venial que podría ser
mortal, si hubiera escándalo o peligro de perjurio.
El juramento que hizo,
por ejemplo, Herodes a Salomé fue vano o innecesario. Jurar por hábito ante
cualquier tontería es un vicio que se ha de procurar desterrar, aunque de ordinario
no pase de pecado venial.
Así te quedó más claro
también este aspecto del segundo mandamiento.
Si te tengo que resumir
cómo faltarías a este segundo mandamiento, te diría lo siguiente:
1. Usando el nombre de
Dios sin el debido respeto o con fines malos, como es el caso de la maldición.
2. Cualquier expresión
de o dio, de reproche, de desafío, dirigida a Dios, a la Virgen o a los santos.
Este pecado se llama blasfemia.
3. Perjurio, es decir,
cuando haces una promesa que no tienes intención de cumplir o juras sobre una
mentira, apelando a Dios para avalarla.
4. Jurar
innecesariamente sobre cosas que no valen la pena: “te lo juro”.
5. Incumplimiento de promesas
o votos hechos a Dios.
III. ¿CÓMO HAS DE HONRAR EL NOMBRE DE DIOS, TU PADRE?
Pero este mandamiento
tiene su parte positiva. Se nos pide que santifiquemos su nombre, que le demos
el honor y la gloria que merece, que lo respetemos.
Honramos el nombre de
Dios con la oración, con la palabra y con la vida.
1. Con la oración
Santificas el nombre de
Dios en la oración.
Volvemos de nuevo al
tema hermoso de la oración en este segundo mandamiento. La oración es la vida
habitual del alma, es la respiración del alma. Por tanto, el cristiano que no
reza también está faltando al segundo mandamiento.
¡Qué hermoso cuando
rezas! Ahí le llamas “Dios mío, Padre mío, Señor mío”. Y Dios te escucha y se
estremece de gozo. Tú eres su hijo, y Él nunca desoye a su hijo. En la oración
Él te abraza y mantiene contigo una relación de amistad y de amor.
Este segundo
mandamiento implica, pues, la oración. Es un deber para todo hombre. Reza el
musulmán a la caída de la tarde. Reza el beduino en medio del desierto. Rezan
los hindúes, al bañarse en el río Ganges. Rezan los bonzos sintoístas en el
Japón. Reza el campesino al postrarse en Ceilán. Reza el rabino, cuando le
llega la hora.
¿Cómo no va a rezar el cristiano? ¿Cómo no vas a rezar tú?
Y a la oración vas para
adorar y a alabar a Dios, para agradecer y bendecir a Dios, para pedirle perdón
por tus infidelidades, para implorarle por tus necesidades.
Y en la oración
recibirás luz para tu camino, aliento en tus momentos duros, consejo y fuerza
para cumplir la voluntad de Dios en tu vida.
Y ora, cuando meditas
el evangelio, vienes a misa, visitas a Cristo Eucaristía, o rezas lentamente el
Padrenuestro o el Avemaría.
¡Orar! Orar siempre,
orar en todas partes. Allí, en la oración, el nombre de Dios es santificado y
pronunciado con respeto y veneración.
¿Me dejas contarte una anécdota?
Un sacerdote que
visitaba una familia negligente en religión se encontró en la casa con un niño
que daba de comer a un conejillo de Indias.
- ¿Cuántas veces lo
alimentas? - preguntó el sacerdote.
- Le doy una buena
comida al día. Le gusta que se la dé yo mismo.
Y el muchacho siguió
explicando que recogía mondaduras de patatas para su animalito y que le limpiaba
la casita cada dos días.
- Es la tarea más
pesada, y empleo en ella casi media hora -continuó.
- Así, debes de emplear
como unas tres horas por semana con tu conejillo, ¿no?
- Eso debe ser, padre.
- Dime, ¿oíste misa el
domingo pasado? –preguntó el sacerdote.
- No, pero voy a misa
con bastante frecuencia y, además, casi cada noche rezo las oraciones.
- ¿En cuánto tiempo?
- Unos dos minutos,
poco más o menos.
- Así pues, como
término medio, empleas media hora a la semana para cumplir con tus deberes de
cristiano. Se ve que la suerte de tu conejillo de Indias es mejor que la de tu
alma. A él le tratas mejor.
- Tiene usted razón,
padre. El sábado iré a confesarme.
¿Te pasa a ti algo por
el estilo? ¿Dedicas más tiempo a tus diversiones que a la oración? ¿Más a tu
novia o a tu novio que a Dios? ¡Piénsalo bien!
2. Debes honrar el nombre de Dios con tu palabra
En la historia de
nuestra santa Madre Iglesia suena sin cesar, como una melodía bendita, el santo
nombre de Dios y de Jesús. Lo pronunciaron los Apóstoles, los primeros
cristianos, la multitud de mártires s…San Francisco de Asís, siempre que lo oía
pronunciar, lo escuchaba como si oyera los acordes de un arpa. Con este nombre
en los labios murieron los mártires del cristianismo de ayer y de hoy. Los
católicos mexicanos durante la guerra cristera de 1926 a 1929 morían gritando
“¡Viva Cristo Rey!”. Otro tanto sucedió en la guerra civil española, de 1936 a
1939.
San Pablo escribe a los
cristianos de Colosas: “Todo cuanto hacéis, sea de palabra o de obra, hacedlo
todo en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (3, 17).
3. Debes honrar el nombre de Dios y de Jesucristo con tu
vida digna
Tu vida debería exhalar
el buen perfume de Cristo. Tu vida honrada, sincera, pura, humilde es una
auténtica predicación del nombre de Cristo. Convencerás más con tu vida que con
tu palabra. Acuérdate que las palabras vuelan, pero los ejemplos arrastran. Se
te tiene que notar que por tu vida ha pasado la sangre de Cristo y te ha
purificado y santifica do. Un mal ejemplo tuyo desdice las mil palabras que
hayas dicho de Cristo.
También honrar a Dios
con tu vida implica el cumplimiento fiel de las promesas, juramentos y votos
que has hecho a Dios, pues esas promesas comprometen el honor, la fidelidad, la
veracidad y la autoridad del mismo Dios.
No hagas, pues, una
promesa, si no tienes la intención de cumplirla. Un voto o promesa es un acto
de la virtud de religión por el cual el cristiano se consagra a Dios o le
promete una obra buena. Por tanto, mediante el cumplimiento de sus votos
entrega a Dios lo que le ha prometido y consagrado.
Este tema de las
promesas o votos que haces a Dios es parte, no sólo de este segundo
mandamiento, sino también del primero. La fidelidad a las promesas hechas a
Dios es una manifestación de respeto al nombre de Dios y de amor hacia Él, que
siempre ha sido fiel.
No porque blasfemes,
Dios va a ser menos, o más pequeño... ni tampoco porque le reces y le bendigas
Él va a ser más. Pero tú, sí. Tú serás más pequeño o más grande, si blasfemas o
si rezas. Dios no deja de ser Dios, si un hombre insensato blasfema contra Él.
Como el sol no deja de alumbrar si tú echas fango contra él. El sol sigue
brillando y cae sobre ti el fango y suciedad que contra él arrojaste.
El nombre de Dios es santo. Y cuando oigas que alguien ha blasfemado del nombre de Dios o de Jesucristo, tú di por dentro: ¡Alabado sea Jesucristo! ¡Alabado sea el nombre de Dios! El cristiano que defiende el nombre de Dios delante de los demás, cuando algunos están hablando vulgaridades sobre Dios, está cumpliendo el segundo mandamiento.
Y no olvides algo:
cuando tengas algún hijo o hija, y pidas a la Iglesia el don del bautismo, por
favor, que sean nombres de santos los que tú elijas para tu hijo o hija. No
escojas nombres raros, o peor, malsonantes y profanos. Así tu hijo tendrá ya en
el cielo un intercesor ante Dios y en vida podrás hablarle y contarle a tu hijo
todo lo que hizo ese santo, cuyo nombre él tiene. Que lo lleve con respeto y
veneración.
Bueno, ya es el momento de dejarte. Dile a Jesús desde lo más hondo de tu corazón: “Señor, bendigo tu nombre. Señor, te alabo y glorifico tu nombre”.
Resumen del Catecismo de la Iglesia católica
2160 ‘Señor, Dios
Nuestro, ¡qué admirable es tu nombre por toda la tierra!’ (Salmo 8, 2).
2161 El segundo
mandamiento prescribe respetar el nombre del Señor. El nombre del Señor es
santo.
2162 El segundo
mandamiento prohíbe todo uso inconveniente del nombre de Dios. La blasfemia
consiste en usar de una manera injuriosa el nombre de Dios, de Jesucristo, de la
Virgen María y de los santos.
2163 El juramento en
falso invoca a Dios como testigo de una mentira. El perjurio es una falta grave
contra el Señor, que es siempre fiel a sus promesas.
2164 ‘No jurar ni por
Criador ni por criatura, si no fuere con verdad, necesidad y reverencia’ (S.
Ignacio de Loyola, ex. spir. 38).
2165 En el Bautismo, la
Iglesia da un nombre al cristiano. Los padres, los padrinos y el párroco deben
procurar que se dé un nombre cristiano al que es bautizado. El patrocinio de un
santo ofrece un modelo de caridad y asegura su intercesión.
2166 El cristiano
comienza sus oraciones y sus acciones haciendo la señal de la cruz ‘en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén’.
2167 Dios llama a cada
uno por su nombre (consulta Isaías 43, 1).
Del Compendio del
Catecismo de la Iglesia católica
447. ¿Cómo se respeta la santidad del nombre de Dios?
Se respeta la santidad
del Nombre de Dios invocándolo, bendiciéndole, alabándole y glorificándole. Ha
de evitarse, por tanto, el abuso de apelar al Nombre de Dios para justificar un
c rime, y todo uso inconveniente de su Nombre, como la blasfemia, que por su
misma naturaleza es un pecado grave; la imprecación y la infidelidad a las promesas
hechas en nombre de Dios.
448. ¿Por qué está prohibido jurar en falso?
Está prohibido jurar en
falso, porque ello supone invocar en una causa a Dios, que es la verdad misma,
como testigo de una mentira.
449. ¿Qué es el perjurio?
El perjurio es hacer,
bajo juramento, una promesa con intención de no cumplirla, o bien violar la
promesa hecha bajo juramento. Es un pecado grave contra Dios, que siempre es
fiel a sus promesas.
LECTURA: Texto extraído
del Catecismo de la Iglesia católica, del segundo mandamiento de la Ley de
Dios: “No tomarás el nombre de Dios en vano”
EL NOMBRE CRISTIANO
2156 El sacramento del
Bautismo es conferido "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo" ( Mt 28,19). En el bautismo, el nombre del Señor santifica al
hombre, y el cristiano recibe su nombre en la Iglesia. Puede ser el nombre de
un santo, es decir, de un discípulo que vivió una vida de fidelidad ejemplar a
su Señor. Al ser puesto bajo el patrocinio de un santo, se ofrece al cristiano
un modelo de caridad y se le asegura su intercesión. El "nombre de
bautismo" puede expresar también un misterio cristiano o una virtud
cristiana. "Procuren los padres, los padrinos y el párroco que no se
imponga un nombre ajeno al sentir cristiano".
2157 El cristiano
comienza su jornada, sus oraciones y sus acciones con la señal de la cruz,
"en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén". El
bautizado consagra la jornada a la gloria de Dios e invoca la gracia del Señor
que le permite actuar en el Espíritu como hijo del Padre. La señal de la cruz
nos fortalece en las tentaciones y en las dificultades.
2158 Dios llama a cada
uno por su nombre. E l nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen
de la persona. Exige respeto en señal de la dignidad del que lo lleva.
2159 El nombre recibido
es un nombre de eternidad. En el reino de Dios, el carácter misterioso y único
de cada persona marcada con el nombre de Dios brillará a plena luz. "Al
vencedor... le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un
nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe" (Ap 2,17).
"Miré entonces y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión,
y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el
nombre del Cordero y el nombre de su Padre" (Ap 14,1).
Autor: P Antonio Rivero
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