RENOVACIÓN CARISMÁTICA
RENOVACIÓN
CARISMÁTICA
La Renovación Carismática es un movimiento
para la revitalización de la Iglesia. Es conocido con diferentes nombres: (Neo)
pentecostalismo, Renovación, Renovación Espiritual, Renovación en el Espíritu.
Ninguno de ellos es enteramente satisfactorio, porque pueden dar la impresión
de que atribuyen la renovación o los movimientos del Espíritu a un grupo
particular. Denominaciones aparte, el movimiento tiene indudablemente su
identidad dentro de las Iglesias principales. Este artículo se centra en el
movimiento dentro de la Iglesia católica.
Sus raíces están en el Pentecostalismo
Clásico, que surgió en Estados Unidos a comienzos del siglo XX. El 1 de enero
de 1901, en la Escuela Bíblica de Charles F. Parnham, Agnes Ozman recibió la
imposición de las manos en Topeka, Kansas; empezó a «hablar en lenguas» y
experimentó lo que pronto se llamaría «bautismo en el Espíritu». Aquellos que
se abrían a los dones carismáticos y los recibían fueron expulsados de las
Iglesias protestantes, formándose así poco a poco las Iglesias pentecostales.
En la década de 1960 las Iglesias protestantes
principales empezaron a tener miembros con dones de tipo pentecostal; esta vez
pudieron permanecer en sus Iglesias. La primera vez que tuvo lugar esta
recepción de dones dentro de la Iglesia católica fue en 1967, cuando dos laicos
católicos asistían a un encuentro neo-pentecostal de oración en la Universidad
de Duquesne y recibieron la imposición de las manos, tras la cual tuvieron
experiencias de tipo pentecostal. Pronto hubo casos similares en Notre Dame,
Indiana. En pocos años el movimiento se extendió por todo el mundo dentro de la
Iglesia católica. Aunque muchas conferencias episcopales advirtieron de los
peligros del movimiento, la valoración de conjunto fue positiva: el Espíritu
Santo estaba actuando realmente en el movimiento. En una alocución memorable de
1975, Pablo VI describió el movimiento como «una oportunidad para la Iglesia y
el mundo», frase de la que se hizo eco Juan Pablo II en 1981. Pablo VI
encomendó el movimiento al cardenal L. J. Suenens, que durante más de una
década fue uno de sus más destacados portavoces y guías, especialmente a través
de multitud de viajes y una serie de libros conocidos como Los
documentos de Malinas, dedicados a distintos aspectos del movimiento,
de los que él fue autor o promotor.
La literatura sobre todos los aspectos del
movimiento es muy amplia; otra fuente de estudio importantísima son los miles
de cintas grabadas con conferencias y charlas pronunciadas por líderes y
destacados portavoces. Se plantean continuamente problemas tanto teológicos
como de lenguaje. Dado que el fenómeno carismático era nuevo para la Iglesia
católica, el único lenguaje disponible era protestante y pentecostal; con el
uso de su lenguaje a veces se asumía también su teología.
En el corazón de la Renovación Carismática
está el fenómeno de una conversión especial y de una recepción de dones
conocida con distintos nombres, pero el más común de los cuales es «bautismo en
el Espíritu Santo», y en Italia y Francia «efusión del Espíritu»; en las
Iglesias protestantes el «cristiano renacido» responde con frecuencia a la
misma realidad. Sullivan la describe como «una experiencia religiosa que inicia
un sentido decisivamente nuevo de la presencia y actuación de Dios en la propia
vida, la cual suele implicar uno o más dones carismáticos». Hay dos modos
principales de entender esta experiencia. Uno es el de Sullivan: basándose en
santo Tomás, la ve como una gracia especial, como una recepción del Espíritu no
vinculada necesariamente a ningún contexto sacramental inmediato. El otro modo
de verla es relacionando la experiencia con el bautismo sacramental de una o
varias maneras: una liberación del poder del Espíritu recibido ya en el
bautismo; una experiencia consciente de lo que ya se recibió sacramentalmente.
Recientemente algunos católicos han afirmado que el «bautismo en el Espíritu»
fue normativo en la recepción del bautismo sacramental en el Nuevo Testamento y
en la época patrística.
Sea cual sea la explicación, los miembros de la
Renovación Carismática suelen recibir el «bautismo en el Espíritu Santo» con
ocasión de la imposición de las manos y la oración; hay por lo general un
período de preparación de unas ocho semanas, llamado el «seminario».
Los dones o >carismas recibidos corresponden
en gran medida a los descritos por Pablo en el Nuevo Testamento, pero no se
limitan a ellos. Quizá el don más común sea un amor renovado por las
Escrituras, junto a la capacidad para leerlas, así como una vida de oración
también nueva y más profunda. Entre los católicos se da también una nueva
valoración de los sacramentos y la liturgia. Pero es el señorío de Jesús, no
los dones, lo que constituye el centro de la Renovación Carismática.
El lugar en el que mejor se manifiesta la
Renovación Carismática suelen ser los encuentros, escasamente estructurados, de
oración: un tiempo de alabanza, canto, lectura de las Escrituras, testimonio,
silencio, a menudo con una aportación (o «enseñanza») a cargo de algún orador
previamente designado. El liderazgo del grupo de oración está por lo general en
manos de laicos, y lo ejerce un pequeño grupo de personas al que se dan
diversos nombres: «núcleo», «equipo pastoral», etc.
En algunos lugares se han dado pasos hacia la
formación de comunidades por los miembros del movimiento. En estas comunidades
pueden existir unos lazos muy estrechos o ser más informales. En ambos casos se
busca la ayuda mutua y la orientación en la vida cristiana.
La Renovación Carismática se ha difundido
ampliamente por el mundo, asumiendo caracteres distintos en las diversas
Iglesias locales. Se acusa al movimiento, especialmente por parte de los que
están más inclinados hacia la teología de la liberación (teologías de la
liberación y eclesiología), de ser demasiado intimista y vertical, con un
escaso compromiso en los asuntos de la justicia y la paz. Los líderes y
teólogos del movimiento responden diciendo que el papel específico de la
Renovación Carismática es la evangelización: permitir que la gente haga la
experiencia del «bautismo en el Espíritu Santo», acepte el señorío de Jesús y
tome conciencia del poder del Espíritu Santo. El movimiento en cuanto tal no se
muestra inclinado a tareas horizontales específicas, aunque, si el compromiso
de sus adeptos es auténtico, no dejarán de ocuparse del sufrimiento de sus
hermanos. Dicho de otro modo, la Renovación Carismática tiene una función
precisa en la Iglesia y no tiene que dar respuesta a todas las necesidades,
aunque sean urgentes. La experiencia de
las Iglesias locales es que mucha gente encuentra la renovación de su
compromiso en la Renovación Carismática y, aunque luego cese la vinculación
profunda con el movimiento, se orientan hacia otras formas de servicio a la
Iglesia y al mundo. La Renovación Carismática tiene como objetivo, en
expresión de Juan Pablo II: conducir «al corazón de la Iglesia» y, en última
instancia, promover la renovación de la Iglesia. Los intereses de la Renovación
Carismática no se centran en cuestiones extraordinarias y opcionales, sino en
cuestiones que forman parte de lo que constituye una vida cristiana plena y
auténtica.
La Renovación Carismática tiene importantes
dimensiones ecuménicas. Muchos grupos de oración están formados por miembros de
diferentes Iglesias, de modo que se comparte la oración y la lectura de las
Escrituras (UR 8, 21). Pero hay además otro vínculo que no siempre se encuentra
en los contactos ecuménicos. Dado que la presencia del poder y los dones del
Espíritu, así como la proclamación del señorío de Jesús, se encuentran allí
donde los miembros se reúnen, se produce una experiencia religiosa compartida y
profunda que transciende las diferencias. Al mismo tiempo, el falso irenismo
(UR 11) no es por lo general un problema. Así como en la Iglesia católica hay
quienes se muestran hostiles, indiferentes o profundamente comprometidos ante
la Renovación Carismática, así también en las otras Iglesias cristianas se
encuentra esta misma gama de actitudes: desde el entusiasmo hasta el
antagonismo.
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