RAZON DE NUESTRA FE: DIOS EXISTE

 


Afirmamos la existencia de Dios porque con la razón natural comprendemos con certeza que es imposible que Dios no exista; el mundo necesita un Creador. La materia, sin inteligencia, no se ha podido organizar sola: sin inteligencia no se hace nada estable, ordenado, perfecto (como las flores, los pájaros, los ojos con su mirada profunda, la sonrisa de un niño o el cerebro del ser humano). Igual que sin inteligencia no se podría fabricar una cámara de fotos, un ordenador o un avión (no hay reloj sin relojero, ni creación sin Creador). La materia no puede ser matemáticamente eterna; ha necesitado algo todopoderoso y eterno que la saque de la nada.

            Muchos filósofos descubrieron en la Antigüedad la existencia de Dios con la luz natural de la razón, comprendieron la necesidad de un Creador que construyera y ordenara el mundo. Fue el caso de Anaxágoras, Platón, Aristóteles… También la belleza de un paisaje, la belleza de las criaturas… nos debe llevar a Dios, fuente de todo bien y toda belleza.

            Así, lo reconoce Pablo de Tarso: “Desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su poder eterno y su divinidad, son conocidos mediante las criaturas”.

            Más tarde, el sabio pensador Agustín de Hipona dirá: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.  También Tomás de Aquino, reflexionando, indica los caminos de la razón para llegar a Dios a través del orden del cosmos que todos vemos y experimentamos, con sus famosas cinco vías para llegar a Dios por la razón natural.

            Además, podemos pensar en la grandeza de nuestro Dios, recordando que el número total de estrellas del universo se calcula en un número superior a los 200.000 trillones (y una de ellas, es nuestro sol). Sin embrago, más grande que el inmenso universo creado, es el amor de Dios por ti y la misericordia de Dios hacia ti.

            Sabemos que Dios no quiere el mal, Dios no hizo el mal, pero Dios sacará de los males muchos bienes para todos, pues como Padre bueno quiere lo mejor para todos. Es el momento de la Revelación, que se entretendrá en explicar que el mal no viene de Dios sino del maligno, enemigo de la humanidad.

            En verdad, no hay contradicción real entre una sana razón y una fe bien entendida. La persona humana debe tener bien unidas la verdadera ciencia y la verdadera fe, pues las dos vienen de Dios, que es la Verdad infinita: así, los conocimientos científicos vienen en último término de la sabiduría divina que ha creado las leyes de la naturaleza y al ser humano inteligente, capaz de descubrirlas.  

            Así la fe y la razón deben colaborar en armonía. Juan Pablo II trabajó mucho por la defensa de la fe y la razón, la libertad y la paz. Es muy interesante su Carta Fides et Ratio. Recuerda también que María es el Trono de la Sabiduría, que une lo humano y lo divino, con auténtica coherencia intelectual. La filosofía y la teología, la ciencia y la religión son amigas, deben ser amigas siempre.

            Lo decía gráficamente un pensador inglés: “Para entrar en la iglesia te puedes quitar el sombrero, pero nunca te quites la cabeza”.

            Ya ves, estimado hermano, que pueden darse dos posturas extremas radicales, exageradas que no son buenas ni sanas para el equilibrio de la persona: el racionalismo y el fideísmo. Ni solo la razón ni sola la fe, sino la razón iluminada por la fe, pues la Revelación y la razón se ayudan mutuamente. Así actuaremos con sensatez, con sentido común.

            Explicaba un día el profundo pensador, de este siglo XXI, Luis Mª Mendizábal: “La imagen de la fe con los ojos vendados no me satisface, el encuentro desafortunado. Porque no se trata de cegar los ojos, sino que lo propio de la fe es una agudeza visual, no el tener los ojos tapados. La fe te hace penetrar en la realidad más allá de lo que captan los sentidos. Lo que hay que poner es una mirada de fe, mirada profunda, no oscuridad. No es ceguera, la fe por sí misma no es oscura, le fe es luminosa”. 

            Fíjate qué interesante es observar que lo primero que hizo la Virgen en la Anunciación fue reflexionar: “María se sorprendió ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel”. El verbo griego dice que “discurría” dentro de sí, deliberaba, pensaba, meditaba, consideraba. Así la Virgen, en silencio, antes de dar su respuesta, se preguntaba qué saludo era aquel. María fue siempre sensata y prudente, discreta y razonable, recordando la parábola de las doncellas necias y las sensatas.




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