Razón de nuestra fe: Cristo fundó la Iglesia sobre Pedro
Jesucristo,
verdadero Dios, fundó su propia Iglesia. Una única Iglesia, predicando el reino
del amor y la paz. E instruye a los apóstoles para ello, con Pedro siempre a la
cabeza entre todos (“tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
y nadie la destruirá. Te daré a ti las llaves del Reino de los cielos; lo que
ates en la tierra quedará atado en el cielo”).
Jesucristo
dio a Pedro la misión de gobernar y dirigir la Iglesia, repitiéndole por tres
veces: “Sé tú el pastor de mis ovejas”.
Fíjate
que solamente a Simón Pedro le dice Jesús estas palabras, en la Última Cena,
antes de la Pasión, reconociéndole como verdadera cabeza de los demás apóstoles
y el primero de todos: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no decaiga; y tú,
una vez convertido, confirma en la fe a tus hermanos”. Por eso el papa, sucesor
de Pedro, ha recibido de Cristo el primado en la Iglesia de Dios.
Y
Cristo quiere que su Iglesia permanezca viva hasta el final. Ya ves que el papa
es el único sucesor de San Pedro. Pues bien, los obispos son también los
sucesores de los apóstoles. Jesús dijo que “quien a vosotros escucha, a Mí me
escucha. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo”.
Durante
más de 20 siglos se han ido sucediendo 266 Papas desde San
Pedro, pasando por el inolvidable mensajero de la paz Juan Pablo II, y por
Benedicto XVI y su profundo y sabio magisterio (que en su carta Deus
caritas est recordaba a toda la perenne actualidad del mandamiento de
Cristo de “amaos unos a otros como Yo os he amado”.
Nadie
duda que Jesucristo dio este mandato nuevo del amor también para los
siglos posteriores. Igual que también a los sucesores de San Pedro, como al
papa actual Francisco I, le sigue diciendo Jesús en este siglo XXI: “Tú eres
Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Por eso el papa sigue teniendo
las llaves del Reino de los cielos y el primado de jurisdicción sobre toda la
Iglesia de Jesucristo, como pastor universal y vicario-representante de Cristo
en la tierra. Precisamente la palabra griega “católico” significa universal,
pues la Iglesia Católica es para todos, y está presente en todos los
continentes y países del mundo entero, según el mandato misionero del Señor de
“id al mundo entero y predicad a todo el evangelio”.
Si
quieres, veremos en otro capítulo la maternidad de la Virgen María hacia la
Iglesia, como verdadera Madre de los fieles cristianos y de sus pastores, es
decir, Madre de toda la Iglesia.
Basta,
por ahora, decirle a Jesús como aquel hombre del evangelio: “creo, Señor, pero
aumenta mi fe”. Tú eres, Jesús, el amigo que nunca falla.
Pues
bien, ahora nosotros, fiándonos de Cristo y de su Iglesia,
aceptamos las verdades de fe y moral que el mismo Cristo y la Iglesia, con su
Magisterio, nos enseñan para nuestro bien, llevándonos por el camino de la
felicidad eterna. Así, fiándonos de la autoridad del papa de Roma, creemos la
verdad, por ejemplo, de la Inmaculada Concepción de María, es decir, que la
Virgen fue concebida sin pecado original, como enseñó infaliblemente el Papa
Pío IX el año 1854, como dogma de fe revelado por Dios.
En
la vida humana hay verdades muy reales, aunque no sean demostrables
físicamente. Así, en el orden humano, las relaciones entre las personas no se
pueden medir con aparatos científicos. Por ejemplo, que yo crea en el amor de
mi madre es razonable, pero no es demostrable por ciencia matemática.
Igualmente, creer en el amor de María, nuestra Madre, es perfectamente
razonable, muy humano, muy normal, aunque no se deduzca de un raciocinio,
ni se pueda medir ni cuantificar por instrumentos físicos. Así, gracias a la
luz superior de la fe, tenemos una verdadera certeza del amor de la Virgen,
nuestra Madre, hacia todos nosotros, como regalo de Cristo en la Cruz a cada
discípulo suyo: “Ahí tienes a tu Madre”.
Pongamos ahora una comparación:
Nuestra
vida es como un barco que navega a través del mar de este mundo hacia el puerto
deseado de la felicidad. Pero en nuestro viaje por el mar podemos encontrarnos
con dificultades y peligros de naufragar, con tormentas y borrascas, con noches
cerradas y oscuras…
Entonces...
María aparece como la estrella brillante que nos indica el rumbo del camino. En
medio de la tempestad, qué bueno es pedir ayuda y socorro a María auxiliadora.
En la oscuridad de la noche “mira a la estrella, invoca a María”, nos
recomienda San Bernardo. Por todo esto, ya ves que la Virgen es la
estrella de nuestra esperanza.
Como
yo he sido varios años capellán de un hospital, os ofrezco este otro ejemplo de
la sanidad:
Jesucristo
es el médico y la Virgen María es como la enfermera. Cristo es el médico de las
almas y de los cuerpos, que también curó a muchos enfermos en Israel. Pues
bien, María es como esa buena enfermera que te cuida con experiencia y amor, y
te cura las heridas de la vida… Fíjate que María no es el médico, sino que
colabora con el médico, siempre de acuerdo como está Ella con las
indicaciones de nuestro divino doctor, Jesucristo. Así llamamos también a María
“salud de los enfermos”.
Después
de haber visto en este capítulo la fe de la Virgen, quiero dedicar un párrafo
especialmente a la juventud. Los jóvenes valoran, sobre
todo, el sí valiente y decidido de María al Señor durante toda
su vida y mantenido firmemente hasta la Cruz. El sí de María está lleno de
fortaleza y audacia juvenil. Es el sí de la confianza sin límites en el Dios
que todo lo puede. María es el modelo del sí comprometido para todos los
jóvenes que quieren seguir a Jesucristo para construir un mundo nuevo. Por eso,
el gran pedagogo de la juventud, San Juan Bosco puso a María Auxiliadora como
protectora de todos sus jóvenes. Ahí tienes las Jornadas mundiales de
la Juventud, con decenas de millones de jóvenes, convocados primero por
Juan Pablo II y luego por Benedicto XVI, Francisco I…
Al
final de este capítulo y después de haber estudiado algunas de las razones de
nuestra fe, seguro que te gustarán algunas anécdotas de Fátima, es decir, el
relato del encuentro de la Virgen en Fátima con los tres
pastorcitos Jacinta, Francisco y Lucía.
Era
el 13 de mayo de 1917, en tiempos de la I Guerra Mundial, y Dios quiso dar a la
humanidad un mensaje de paz a través del Corazón de María, recordando la
llamada a la conversión del evangelio de Nuestro Señor. Es sorprendente
comprobar cómo este encuentro con la Virgen María les llevó a los tres
pastorcitos a una vida heroica de fe y sacrificio que admira a los mayores,
siendo como eran unos niños pequeños, sencillos, normales, pobres y humildes.
Escuchemos
la narración que hace una de ellos, Lucía de Fátima:
“Estando
con mis primos Francisco y Jacinta, mientras vigilábamos las ovejas, vimos
sobre una encina a una Señora vestida de blanco, más brillante que el sol. Nos
paramos sorprendidos.
Entonces
la Señora nos dijo:
-“No
tengáis miedo, yo no os hago daño”.
Y
yo la pregunté:
-“¿De
dónde es Usted?”
-“Soy
del cielo. ¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos como
reparación de los pecados con que Dios es ofendido y de súplica por la
conversión de los pecadores?”
-“Sí,
queremos”.
-“Tendréis
mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os fortalecerá. Rezad el Rosario todos
los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”.
Después
de otras breves palabras, la Señora me dijo dirigiéndose a mí, (también vale
para tu vida, para ti que vas a leer esto):
-“¡No
te desanimes! Nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el
camino que te conducirá a Dios”.
Y
al final dijo hablando del mundo:
-“Que
no ofendan más a Dios nuestro Señor, que ya está muy ofendido. Por eso, para
salvar a la humanidad, Dios quiere establecer en el mundo la devoción al
Corazón Inmaculado de María”.
Es
interesante recordar que el Papa Juan Pablo II visitó tres veces el Santuario
de Fátima, afirmando que “la Iglesia aceptó el mensaje de Fátima porque éste
contiene la misma verdad y la misma llamada a la conversión que el evangelio de
nuestro Señor Jesucristo”.
Y
el Papa Benedicto XVI ha recordado en su visita a Portugal, que “la misión
de Fátima no ha terminado, y su mensaje de paz no pasa de moda, sino que es
siempre actual”.
Aplicación
para tu vida: Custodia la paz, fomenta la paz en tu casa, en tu familia, en
tu ambiente. Que reine la paz del Corazón de Jesús en tu hogar y entre los
tuyos, que se acabe toda forma de odio y de violencia. Que haya paz en los
matrimonios, en las familias y en todas las comunidades. Reza el Rosario por la
paz del mundo, trabaja por la paz y descansa, sí, descansa, confiando siempre
en Dios.
Vamos,
pues, a rezar el Ave María por la paz entre todos:
Dios te salve, María,
llena eres de gracia, el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
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