¿Por qué Dios permite el mal?
¿Por qué Dios permite el mal?
«Padre, si una persona
se pregunta por qué Dios ha permitido esto, ¿cuál sería la respuesta?».
El padre se lo explicó de un modo sencillo:
- «Mira, la razón
exacta va a seguir siendo un misterio, el misterio del mal. Pero hay que
recordar dos: cosas el desorden en la naturaleza lo introdujo el hombre por su
pecado. Con el pecado original él introdujo ese desorden. Por otro lado, otra
cosa importante es recordar que el Padre entregó a su hijo Jesucristo y lo
entregó para que sufriera los más horribles dolores físicos, psicológicos y
espirituales, justamente para que no quedara ninguna duda al hombre de que en
medio de sus sufrimientos Dios está con él. No podemos saber con certeza por
qué Dios permite estos acontecimientos tan dolorosos que ponen a prueba la
esperanza de las personas; pero lo que sí sabemos es que Él siempre está con
nosotros, y no cabe ninguna duda de su amor, pues este ha quedado probado por
encima de cualquier duda al haber entregado a su hijo Jesucristo».
Dónde está Dios
Hubo terremoto en el
Perú, y no solo tembló la tierra sino también los corazones y las mentes.
Porque a todos se nos movió algo, quizá poquito, pero algo. Todos reaccionaron.
Y si algunos tomaron su rosario con más fuerza entre las manos, otros lanzaron
con más violencia la Biblia por la ventana, tal vez viendo si de pasadita alcanzaban
a bajarse alguna ventana del Vaticano.
Y mientras César
Hildebrandt escribía un artículo provocador esperando remover conciencias —y
quizá parar la olla—, una más sencilla amiga mía me preguntaba (sin saberlo),
quizá con menos pretensiones, pero seguramente con el mismo desgarro en el
corazón: «Si Dios existe, ¿dónde estuvo el miércoles?».
Y leo su pregunta y me
pongo triste porque pienso muchas cosas. Pienso, por ejemplo, en tres ómnibus
llenos de gente que partió hacia Chincha apenas 96 horas después de la
tragedia. ¿Especialistas en rescate? ¿Sismólogos? ¿Brigadas de Defensa Civil?
No. Solo gente, común y corriente, gente que de lunes a viernes trabaja,
estudia, va al cine y toma el transporte público, pero que ese fin de semana
decidió dejar esas cosas para ir a dar una mano a los que perdieron todo,
pagando su propio pasaje, llevando su propia comida y una simple bolsa de
dormir. Gente que ni siquiera dudó cuando, una vez arriba del bus, el
improvisado encargado general quiso advertir que la situación no estaba
tranquila, que apenas el día anterior hubo robos, saqueos, bandas armadas
recorriendo la ciudad en busca de la ayuda que no llegaba. Pienso en esa gente,
en cuyos rostros vi encresparse el miedo al oír esto, en esa gente que hizo un
silencio de tumba cuando oyó «No les garantizo su seguridad», pero que cuando
escuchó «¿Alguno se quiere bajar?» no se movió. Pienso en todo esto, y pienso
que sé dónde está Dios.
Y mientras recuerdo la
pregunta de mi amiga, pienso en las toneladas y toneladas (porque han sido
toneladas, eh) de ayuda que salieron de todos lados y llegaron todas al mismo
sitio. Tantas toneladas, que las organizaciones de ayuda que normalmente cubren
este tipo de desastres no se daban abasto. Y pienso en la secretaria de un
sitio que frecuento rogándome que me anotara, que se necesitaban turnos de cien
voluntarios diariamente para ayudar a procesar las donaciones en cierta
organización católica internacional sorprendida y sobrepasada. Pienso en todo
esto, y pienso que sé dónde está Dios.
Y pienso en la pregunta
de mi amiga, y recuerdo que toda la semana posterior al sismo los supermercados
estaban llenos de gente, pero vacíos de productos. Pienso en lo difícil que era
conseguir en esas fechas algún enlatado, alimentos en conserva, agua envasada…
Pienso en las cajas registradoras llenas de personas que compraban en grandes
cantidades para enviar a la familia, a los amigos, o simplemente para donar a los
desconocidos, para regalar… Y pienso en aquella señora que sufrió el embate de
la curiosidad de cierta amiga periodista, que a la sazón trabajaba al lado de
mi escritorio y me lo contó: «Disculpe, señora, ¿para quién compra eso? ¿Tiene
familia en el sur?», y la respuesta que destroza toda lógica: «No, no tengo. Es
para donar a esa gente que necesita». Pienso en todo esto, y pienso que sé
dónde está Dios.
«¿Dónde está?»,
pregunta mi amiga, y pienso en las imágenes de un grupo de gente que en medio
de los escombros, en medio de las casas venidas abajo, en medio de la carestía,
el frío y la miseria sacó en procesión a su santo para homenajearlo, para
rezarle, para pedirle, para rogarle… Pienso en toda aquella gente que al ver
llegar los convoyes de ayuda se miraba entre ella y luego miraba a los
socorristas con un sutil brillo en los ojos: «Vayan más allá, señor: en ese
otro pueblo están peor que nosotros». Pienso en todo esto, y pienso que sé
dónde está Dios.
«¿Dónde está Dios?»,
pregunta tanta gente, y pienso en el testimonio conmovido de un amigo
sacerdote, que cuando llegó a cierto pueblo golpeado por la tragedia vio a la
gente venírsele encima, desde lejos, corriendo. «Ya me fundí —pensó—. Ahora me
pedirán donaciones, me reclamarán la falta de ayuda…». Pero cuando se vio
rodeado de la muchedumbre polvorienta, sudorosa y arañada por las zarpas de la
tragedia, el reclamo que oyó le heló la sangre en las venas, porque no era de
este mundo: «Padre, ¿cuándo nos celebra misa?». Pienso en todo esto, y pienso que
sé dónde está Dios.
«Si Dios existe, ¿dónde
está en momentos como este?», preguntan por ahí. Y yo me pongo triste porque
pienso muchas cosas. Pero, sobre todo, pienso en una sola, que me martillea el
cerebro locamente: si a cualquiera con dos dedos de frente le queda claro dónde
está Dios, ¿cómo hacérselo entender a los que no?
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