¿Podemos orar por los difuntos?
¿Podemos orar por los difuntos?
Autor: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá
Les voy a contar un caso que me sucedió hace
algún tiempo. Un día se murió un amigo mío que en cuanto a religión no era ni
chicha ni limonada, unas veces iba a misa y otras iba al culto de los
evangélicos. Cuando murió, los evangélicos lo velaron con muchos cantos y
alabanzas, y al día siguiente lo llevaron al cementerio. Como era amigo mío,
quise ir al cementerio a orar por él. Una vez allá, le pregunté al pastor, si
me dejaba hacerle un responso, y me contestó: «El finado era oveja de nuestro
rebaño y nosotros no les rezamos a los muertos porque a estas alturas de nada
le sirven las oraciones». Total, que no me permitieron rezarle el responso y
tuve que contentarme con orar en silencio.
Esta anécdota nos da pie para preguntarnos:
¿Podemos orar por los difuntos? ¿Les sirven nuestras oraciones? ¿Cuál es la
doctrina católica y la evangélica al respecto?
La Doctrina
católica
La Biblia nos dice que después de la muerte
viene el juicio: «Está establecido que los hombres mueran una sola vez y luego
viene el juicio» (Hebr. 9, 27). Después de la muerte viene el juicio particular
donde «cada uno recibe conforme a lo que hizo durante su vida mortal» (2 Cor.
5, 10).
Al fin del mundo tendrá lugar el «juicio
universal» en el que Cristo vendrá en gloria y majestad a juzgar a los pueblos
y naciones.
Es doctrina católica que en el juicio
particular se destina a cada persona a una de estas tres opciones: Cielo,
Purgatorio o Infierno.
-Las personas que en vida hayan aceptado y
correspondido al ofrecimiento de salvación que Dios nos hace y se hayan
convertido a El, y que al morir se encuentren libres de todo pecado, se salvan.
Es decir, van directamente al Cielo, a reunirse con el Señor y comienzan una
vida de gozo indescriptible «Bienaventurados los limpios de corazón -dice
Jesús- porque ellos verán a Dios» (Mt. 5, 8).
-Quienes hayan rechazado el ofrecimiento de
salvación que Dios hace a todo mortal, o no se convirtieron mientras su alma
estaba en el cuerpo, recibirán lo que ellos eligieron: el Infierno, donde
estarán separados de Dios por toda la eternidad.
-Y finalmente, los que en vida hayan servido
al Señor pero que al morir no estén aun plenamente purificados de sus pecados,
irán al Purgatorio. Allá Dios, en su misericordia infinita, purificará sus
almas y, una vez limpios, podrán entrar en el Cielo, ya que no es posible que
nada manchado por el pecado entre en la gloria: «Nada impuro entrará en ella
(en la Nueva Jerusalén)» (Ap. 21, 27).
Aquí surge espontánea una pregunta cuya
respuesta es muy iluminadora: ¿Para qué estamos en este mundo? Estamos en este
mundo para conocer, amar y servir a Dios y, mediante esto, salvar nuestra alma.
Dios nos coloca en este mundo para que colaboremos con El en la obra de la
creación, siendo cuidadores de este «jardín terrenal» y para que cuidemos
también de los hombres nuestros hermanos, especialmente de aquellos que quizás
no han recibido tantos dones y «talentos» como nosotros. Este es el fin de la
vida de cada hombre: Amar a Dios sobre todas las cosas y salvar nuestra alma
por toda la eternidad.
¿Qué acontece,
entonces, con los que mueren?
Ya lo dijimos: Los que mueren en gracia de
Dios se salvan. Van derechamente al cielo. Los que rechazan a Dios como Creador
y a Jesús como Salvador durante esta vida y mueren en pecado mortal se
condenan. También aquí la respuesta es clara y coincidente entre católicos y
evangélicos.
-Pero, ¿qué ocurre con los que mueren en
pecado venial o que no han satisfecho plenamente por sus pecados? Ahí está la
diferencia entre católicos y evangélicos. Los católicos creemos en el
Purgatorio. Según nuestra fe católica, el Purgatorio es el lugar o estado por
medio del cual, en atención a los méritos de Cristo, se purifican las almas de
los que han muerto en gracia de Dios, pero que aún no han satisfecho plenamente
por sus pecados. El Purgatorio no es un estado definitivo sino temporal. Y van
allá sólo aquellos que al morir no están plenamente purificados de las
impurezas del pecado, ya que en el cielo no puede entrar nada que sea manchado
o pecaminoso.
Ahora bien, según los evangélicos no hay
Purgatorio porque no figura en la Biblia y Cristo salva a todos, menos a los
que se condenan.
Para nosotros, los católicos hay Purgatorio y
en cuanto a su duración podemos decir que después que venga Jesús por segunda
vez y se ponga fin a la historia de la humanidad, el Purgatorio dejará de
existir y sólo habrá Cielo e Infierno.
Por consiguiente, según nuestra fe católica,
se pueden ofrecer oraciones, sacrificios y Misas por los muertos, para que sus
almas sean purificadas de sus pecados y puedan entrar cuanto antes a la gloria
a gozar de la presencia divina. Los evangélicos insisten en que la palabra
«Purgatorio» es una pura invención de los católicos y que ni siquiera este
nombre se halla en la Biblia. Nosotros argumentamos que tampoco está en la
Biblia la palabra «Encarnación» y, sin embargo, todos creemos en ella. Tampoco
está la palabra «Trinidad» y todos, católicos y evangélicos, creemos en este
misterio. Por tanto, su argumentación no prueba nada.
En definitiva, el porqué de esta diferencia es
muy sencillo. Ellos sólo admiten la Biblia, en cambio para nosotros, los
católicos, la Biblia no es la única fuente de revelación. Nosotros tenemos la
Biblia y la Tradición. Es decir, si una verdad se ha creído en forma sostenida
e ininterrumpida desde Jesucristo hasta nuestros días es que es dogma de fe y
porque el Pueblo de Dios en su totalidad no puede equivocarse en materia de fe
porque el Señor ha comprometido su asistencia. Es el mismo caso de la Asunción
de la Virgen a los cielos, que, si bien no está en la Biblia, la Tradición
cristiana la ha creído y celebrado desde los primeros tiempos, por lo que se
convierte en un dogma de fe. Además, esto lo ha reafirmado la doctrina del
Magisterio durante los dos mil de fe de la Iglesia Católica.
La Tradición de
la Iglesia Católica
La Tradición constante de la Iglesia, que se
remonta a los primeros años del cristianismo, confirma la fe en el Purgatorio y
la conveniencia de orar por nuestros difuntos. San Agustín, por ejemplo, decía:
«Una lágrima se evapora, una rosa se marchita, sólo la oración llega hasta
Dios». Además, el mismo Jesús dice que «aquel que peca contra el Espíritu
Santo, no alcanzará el perdón de su pecado ni en este mundo ni en el otro» (Mt.
12, 32). Eso revela claramente que alguna expiación del pecado tiene que haber
después de la muerte y eso es lo que llamamos el Purgatorio. En consecuencia,
después de la muerte hay Purgatorio y hay purificación de los pecados veniales.
El Apóstol Pablo dice, además, que en el día
del juicio la obra de cada hombre será probada. Esta prueba ocurrirá después de
la muerte: «El fuego probará la obra de cada cual. Si su obra resiste al fuego,
será premiado, pero si esta obra se convierte en cenizas, él mismo tendrá que
pagar. Él se salvará, pero como quien pasa por el fuego» (1 Cor. 3, 15). La
frase: «tendrá que pagar» no se puede referir a la condena del Infierno, ya que
de ahí nadie puede salir. Tampoco puede significar el Cielo, ya que allá no hay
ningún sufrimiento. Sólo la doctrina y la creencia en el Purgatorio explican y
aclaran este pasaje. Pero, además, en la Biblia se demuestra que ya en el
Antiguo Testamento, Israel oró por los difuntos. Así lo explica el Libro II de
los Macabeos (12, 42-46), donde se dice que Judas Macabeo, después del combate
oró por los combatientes muertos en la batalla para que fueran liberados de sus
pecados. Dice así: «Y rezaron al Señor para que perdonara totalmente de sus
pecados a los compañeros muertos». Y también en 2 Timoteo 1, 1-18, San Pablo
dice refiriéndose a Onesíforo: «El Señor le conceda que alcance misericordia en
aquel día».
Resumiendo, entonces, digamos que con nuestras
oraciones podemos ayudar a los que están en el Purgatorio para que pronto
puedan verse libres de su sufrimiento y ver a Dios.
No obstante, como que, en la práctica, cuando
muere una persona, no sabemos si se salva o se condena, debemos orar siempre
por los difuntos, porque podrían necesitar de nuestra oración. Y si ellos no la
necesitan, le servirá a otras personas, ya que en virtud de la Comunión de los
Santos existe una comunicación de bienes espirituales entre vivos y difuntos.
Esto explica aquella costumbre popular de orar «por el alma más necesitada del
Purgatorio».
Las catacumbas
En las catacumbas o cementerios de los
primeros cristianos, hay aún esculpidas muchas oraciones primitivas, lo que
demuestra que los cristianos de los primeros siglos ya oraban por sus muertos.
Del siglo II es esta inscripción: «Oh Señor, que estás sentado a la derecha del
Padre, recibe el alma de Nectario, Alejandro y Pompeyo y proporciónales algún
alivio». Tertuliano (año 160-222) dice: «Cada día hacemos oblaciones por los
difuntos». San Juan Crisóstomo (344-407) dice: «No en vano los Apóstoles
introdujeron la conmemoración de los difuntos en la celebración de los sagrados
misterios. Sabían ellos que esas almas obtendrían de esta fiesta gran provecho
y gran utilidad» (Homilía a Filipo, Nro. 4).
Amigos y hermanos míos, creo que les quedará
bien claro este punto tan importante de nuestra fe. Quien se profese católico
no sólo puede, sino que debe orar por sus difuntos
Y aquí cabe una pregunta: ¿Cómo queremos que
nos recuerden nuestros amigos y familiares cuando nos muramos, con o sin
oración?
Por lo menos entre los católicos, todos dirán
que su deseo es que oren por ellos y que se les recuerde con la Santa Misa, porque,
aunque un católico muera con todos los sacramentos, siempre puede quedar en su
alma alguna mancha de pecado y por eso conviene orar por ellos. Este es el
sentir de la Iglesia Católica desde sus comienzos.
En lo que se refiere al Purgatorio hay que
agregar que no es como una segunda oportunidad para que la persona establezca
una recta relación con Dios. La conversión y el arrepentimiento deben darse en
esta vida.
Los católicos, pues, no nos contentamos
solamente con cantar alabanzas y glorificar a Dios, sino que elevamos plegarias
a Dios y a la Santísima Virgen por nuestros difuntos y con más razón en los
días inmediatos a su muerte.
La oración por
los difuntos
Los primeros misioneros que evangelizaron
América introdujeron la costumbre, que aún perdura en algunos lugares, de
reunirse y hacer un velorio que se prolonga por una semana o nueve días. Se
reza aún una Novena en la que los familiares se congregan para acompañar a los
deudos y ofrecen a Dios oraciones por el difunto. También la Iglesia, desde tiempo
inmemorial, introdujo la costumbre de celebrar el día 2 de noviembre dedicado a
los difuntos, día en el que los católicos vamos a los cementerios y, junto con
llevar flores, elevamos una oración por nuestros seres queridos.
Los evangélicos, por lo general, sólo alaban a
Dios por los favores que Dios le concedió al difunto. Pocas son las sectas que
oran por ellos. En materia doctrinal, hay mucha variedad entre una secta y
otra, ya que, como interpretan la Biblia según su libre albedrío, cada iglesia y
cada persona tienen su propio criterio.
En cambio, entre los católicos sabemos que
cualquier texto de la Escritura no debe ser objeto de interpretación personal,
sino que la Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo, nos revela a través de
sus pastores el verdadero sentido de cada texto. Y en este sentido, el Papa es
el garante la verdad revelada, es decir, del depósito de la Fe. Así, el Papa
nos confirma en que nuestra Fe es la misma de los primeros cristianos, y la
misma que perdurará hasta el fin de los tiempos.
Digamos, para terminar, que los católicos no
sólo podemos orar por los difuntos, sino que éste es un deber cristiano que
obliga, especialmente, a los familiares y a los amigos más cercanos.
Orar por los vivos y por los difuntos es una
obra de misericordia. De la misma manera que ayudaríamos en vida a sus cuerpos
enfermos, así, después de muertos, debemos apiadarnos de ellos rezando por el
descanso eterno de sus almas.
Ente los católicos la tradición es orar por
los difuntos y en lo posible celebrar la Santa Misa por su eterno descanso.
Dice la Liturgia: "dales, Señor, el
descanso eterno y brille para ellos la luz eterna"
Y san Agustín dijo: "Una lágrima se
evapora, una flor se marchita, sólo la oración llega al trono de Dios".
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