La experiencia del mal y la idea de Dios
Si
hay Dios, ¿por qué existe el mal y el sufrimiento? La historia de la humanidad
es una interminable sucesión de sangre, sudor y lágrimas, de dolor, tristeza y
miedo, de abandono, desesperación y muerte. Ante esa experiencia de sufrimiento
es inevitable que el hombre se haya formulado desde antiguo esa pregunta. Es
bien conocida la respuesta escéptica de Epicuro: o Dios quiere eliminar el mal,
pero no puede, y entonces es impotente y no es Dios; o puede y no quiere, y
entonces es malo, es el verdadero demonio; o ni quiere ni puede, lo que lleva a
las dos conclusiones anteriores; o quiere y puede, pero entonces, ¿de dónde
viene el mal? ¿Qué hemos de decir al respecto?
Como
punto de partida, no debemos escandalizarnos por formular la pregunta con la
que hemos comenzado esta reflexión: ésta ha sido planteada también por parte de
la teología católica. Es el mismo Catecismo de la Iglesia Católica el que
afirma en su número 272 que “la fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser
puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento” y que “a
veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal”, llegando a
plantearse en su número 310 la pregunta de “¿por qué Dios no creó un
mundo tan perfecto que en el no pudiera existir ningún mal?”. El teólogo y
obispo católico Walter Kasper llega a señalar que “estas experiencias
del sufrimiento inocente e injusto constituyen un argumento existencialmente
mucho más fuerte contra la creencia en Dios que todos los argumentos basados en
la teoría del conocimiento, en las ciencias, en la crítica de la religión y de
la ideología y en cualquier tipo de razonamiento filosófico”. El
teólogo Hans Küng afirma que “el dolor es continua piedra de toque
de la confianza en Dios”, tras lo que se pregunta “¿dónde encuentra
la confianza en Dios mayor desafío que en el dolor concreto?”. Y nada
menos que el propio Juan Pablo II, en su catequesis sobre el credo (audiencia
general de 4 de junio de 1986), indica que la presencia del mal y del
sufrimiento en el mundo “constituye para muchos la dificultad
principal para aceptar la verdad de la Providencia Divina”, a lo que
añade que “en algunos casos esta dificultad asume una forma radical,
cuando incluso se acusa a Dios del mal y del sufrimiento presente en el mundo
llegando hasta rechazar la verdad misma de Dios y de su existencia” ,
todo ello por “la dificultad de conciliar entre sí la verdad de la
Providencia Divina, de la paterna solicitud de Dios hacia el mundo creado, y la
realidad del mal y el sufrimiento”.
Para
dar respuesta a esta inquietante pregunta, hemos de distinguir claramente entre
el mal “en sentido físico” y el mal “en sentido moral”. El mal moral se
distingue del físico, sobre todo, por comportar culpabilidad y por depender de
la libre voluntad del hombre; en cambio, el que estamos denominando mal físico
no depende directamente de la voluntad del hombre, sino que se deriva de la
propia naturaleza limitada, contingente y finita del hombre y de la creación.
Las calamidades provocadas por terremotos, inundaciones y otras catástrofes
naturales, las epidemias, las enfermedades, así como la muerte, serían ejemplos
de este mal que hemos denominado “físico”; los desastres producidos por la
guerra, el terrorismo, el odio, la violencia de todo tipo que tiene por origen
al hombre serían ejemplos de ese mal que hemos llamado “moral”. A partir de
esta diferenciación, cabe señalar lo siguiente:
a.-
El mal físico es inherente a la condición del hombre y de la creación. El
hombre es un ser finito que está sujeto a la enfermedad y a la muerte; además,
ha de vivir en un universo en el que se producen determinados fenómenos
naturales productores de daño y de sufrimiento. Las limitaciones y la caducidad
propias de todas las criaturas es el origen último de este tipo de males, que son consustanciales
a la propia estructura del hombre y del universo. En última instancia, puede
decirse que este mal en el orden físico es permitido por Dios, como se señala
en la catequesis de Juan Pablo II antes citada, “con miras al bien global
del cosmos natural”,
b.-
Algo bastante distinto sucede respecto al que hemos denominado mal moral. En
palabras de Juan Pablo II, “este mal decidida y absolutamente Dios no
lo quiere”. El mal moral es radicalmente contrario a la voluntad de Dios y
su autor es exclusivamente el hombre, al haber hecho mal uso de su libertad.
¿Por qué tolera Dios este mal? Porque para Dios la existencia de unos seres
libres es un valor más importante y fundamental que el hecho de que aquellos
seres libres abusen de su propia libertad contra el propio Creador y que, por
eso, la libertad pueda llevar al mal moral.
La
anterior constituye la primera explicación que la teología nos ofrece de que la
existencia del mal en el mundo no es incompatible con la idea de Dios. Pero
esto no es todo. Debemos darle la vuelta al argumento que implícitamente se
oculta detrás de la pregunta con la que se abre este artículo, para afirmar con
Hans Küng que “sólo habiendo Dios es posible contemplar el infinito
sufrimiento de este mundo”, que “sólo
creyendo confiadamente en el Dios incomprensible y siempre mayor
puede el hombre tener fundadas esperanzas de atravesar el ancho y hondo río del
dolor de este mundo: consciente de que por encima del abismo, del dolor y del
mal, una mano se extiende hacia él”.
El
hombre moderno no puede por sí solo erradicar los múltiples sufrimientos de la
humanidad, pese a los adelantos de la ciencia y de la técnica. El sufrimiento
es inherente a la condición humana y solamente mediante la intervención
redentora de Dios es posible que surja un hombre nuevo liberado de la muerte,
del dolor y del sufrimiento. En concreto, es la pasión, la muerte y la
resurrección de Jesús la que implica la redención definitiva del dolor y del
sufrimiento humano, la que transforma el dolor y la muerte en vida eterna. Es
desde la perspectiva del sufrimiento y de la muerte de Jesús como el dolor y el
sufrimiento de cada hombre cobra un nuevo sentido. El sufrimiento, el dolor y
la muerte siguen acompañando al hombre; pero en la pasión y en la resurrección
de Jesús ese sufrimiento recibe un sentido.
En palabras
de Kasper, “el interlocutor de una teología actual es el hombre
doliente que tiene experiencia concreta de la situación de infelicidad y es
consciente de la impotencia y la finitud de su condición humana”. La
existencia del hombre, como señala Küng, “es un acontecimiento marcado
por la cruz: dolor, angustia, sufrimiento y muerte”. La conciliación entre
el mal y el sufrimiento en el mundo y la Providencia Divina no es posible sin
hacer referencia a Cristo. Con la pasión, muerte y resurrección de Jesús se
confirma que Dios está al lado del hombre en su sufrimiento. Y no sólo eso.
Además, con Cristo el dolor, el sufrimiento y la muerte no tienen la última
palabra, sino que son definitivamente vencidos mediante su resurrección que,
como primicia de la de todos nosotros, supone una alegre promesa de vida eterna
en la que no hay lugar para el dolor, ni para el sufrimiento y ni para la
muerte.
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