Formas y raíces del ateísmo
La razón más alta de la dignidad humana
consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo
nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y
simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo
conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando
reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador. Muchos son,
sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital
unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo uno de los
fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con toda atención.
La palabra "ateísmo" designa
realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que
nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a
un análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento de
la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites sobre esta base
puramente científica o, por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad
absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en
Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la
negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada
tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la
cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud
religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho
religiosos. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la
existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del carácter
absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como
sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí por
su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso
del hombre a Dios.
Quienes voluntariamente pretenden
apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el
dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo,
también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el
ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino
un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe contar también la
reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del
mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis
del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que,
con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la
doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han
velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión.
El ateísmo
sistemático
Con frecuencia, el ateísmo moderno
reviste también la forma sistemática, la cual, dejando ahora otras causas,
lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia del hombre
respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la
libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único artífice y
creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse, según ellos, con
el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmación
de Dios es completamente superflua. El sentido de poder que el progreso técnico
actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.
Entre las formas del ateísmo moderno
debe mencionarse la que pone la liberación del hombre principalmente en su
liberación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su
propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el
espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del
esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de
esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan
violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia
educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance el
poder público.
Actitud de la Iglesia
ante el ateísmo
La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los
hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta
ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son contrarias
a la razón y a la experiencia humana universal y privan al hombre de su innata
grandeza.
Quiere, sin embargo, conocer las causas
de la negación de Dios que se esconden en la mente del hombre ateo. Consciente
de la gravedad de los problemas planteados por el ateísmo y movida por el amor
que siente a todos los hombres, la Iglesia juzga que los motivos del ateísmo
deben ser objeto de serio y más profundo examen.
La Iglesia afirma que el reconocimiento
de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad
tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección. Es Dios creador el que
constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y, sobre todo, el
hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios y a la participación de su
felicidad. Enseña además la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la
importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos
motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario, faltan ese
fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre
lesiones gravísimas -es lo que hoy con frecuencia sucede-, y los enigmas de la
vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando
no raramente al hombre a la desesperación.
Todo hombre resulta para sí mismo un
problema no resuelto, percibido con cierta obscuridad. Nadie en ciertos
momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida, puede
huir del todo el interrogante referido. A este problema sólo Dios da respuesta
plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a pensamientos más altos y
a una búsqueda más humilde de la verdad.
El remedio del ateísmo hay que buscarlo
en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia
y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios
Padre y a su Hijo encarnado con la continua renovación y purificación propias
bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio
de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las
dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan preclaro
testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la
vida, incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia y al
amor, sobre todo respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta
afirmación de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con
espíritu unánime colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad.
La Iglesia, aunque rechaza en forma
absoluta el ateísmo, reconoce sinceramente que todos los hombres, creyentes y
no creyentes, deben colaborar en la edificación de este mundo, en el que viven
en común. Esto no puede hacerse sin un prudente y sincero diálogo. Lamenta,
pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes y no creyentes que algunas
autoridades políticas, negando los derechos fundamentales de la persona humana,
establecen injustamente. Pide para los creyentes libertad activa para que puedan
levantar en este mundo también un templo a Dios. E invita cortésmente a los
ateos a que consideren sin prejuicios el Evangelio de Cristo.
La Iglesia sabe perfectamente que su
mensaje está de acuerdo con los deseos más profundos del corazón humano cuando
reivindica la dignidad de la vocación del hombre, devolviendo la esperanza a
quienes desesperan ya de sus destinos más altos. Su mensaje, lejos de
empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano.
Lo único que puede llenar el corazón del hombre es aquello que "nos
hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en
ti".
Nelson Torres
Febrero 2026
Santo Domingo R.D
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