El cumplimiento de los mandamientos

 


El cumplimiento de los mandamientos

P. Jorge Loring

El cumplimiento de los mandamientos a veces cuesta trabajo.

Tenemos que frenarnos, renunciar.

Pero los mandamientos nos llevan al cielo.  Son como las ruedas del carro, que pesan, pero gracias a ellas puede andar.

Un carro sin ruedas no hay quien lo mueva.

«Dios hace posible por su gracia lo que manda».

La moral católica no es represiva, como algunos dicen.

No quita la libertad al hombre. La orienta para que se realice como persona humana.

Como las vías del tren que le obligan a ir por un camino, pero ayudan al tren a avanzar y a llegar. Le impiden que se despeñe.

El puente me obliga a cruzar el río por ese punto concreto, pero gracias al puente puedo cruzar el río.

Algunos consideran a Dios como enemigo de la libertad humana, y piensan que el hombre será totalmente libre cuando se emancipe de Dios y de la Religión.

Sin embargo, sometiéndonos a la ley de Dios nos realizamos plenamente como personas humanas, pues nos liberamos de la esclavitud de nuestros instintos desordenados.

Muchos adoran su libertad como a un ídolo.

Desean hacer lo que quieren siempre y en todo.

Por eso rechazan la moral católica porque les limita su libertad.

Pero la vid, si no se poda, no da fruto.

«Cuando el hombre se deja podar es cuando puede madurar y dar fruto».

Dice Ortega y Gasset: «Es falso decir que en la vida deciden las circunstancias.

» Al contrario, las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter».

Libertad es la capacidad para poder elegir entre dos valores auténticos.

Pero elegir el mal, abandonando el bien, no es libertad sino esclavitud.

El hecho de que algunos prefieran ser esclavos es lamentable.

Pero las joyas no pierden valor, aunque haya personas que no saben apreciarlo.

La libertad con Dios, es auténtica. La libertad sin Dios es un engaño.

Dios no quita libertad para lo bueno, sino para lo malo.

Con esto ayuda al hombre.

Elegir lo malo es una equivocación.

Quitar la libertad para lo malo es un bien.

«La verdadera libertad es el derecho a no estar impedido para hacer lo que es bueno».

La libertad es la capacidad de optar por el bien.

Muchos creen que es derribar murallas, y en lugar de aceptar valores se esclavizan al sexo, a la droga o a lo que sea.

Son esclavos de sus caprichos.

Ni son libres ni felices.

El hombre feliz es el que disfruta obrando el bien.

«No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia».

«El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa».

El cristiano se siente libre, no porque hace lo que quiere sino porque quiere hacer lo que Dios manda.

Obedece a Dios libremente, sin coacción.

Ser libre no es hacer lo que a uno le gusta.

El ludópata elige libremente jugarse el dinero, pero es un esclavo de su vicio.

«Lo que nos hace libres no es el no querer aceptar lo que sea superior a nosotros, sino el acatar de buena gana lo que está por encima de nosotros» (Goethe).

«Yo soy libre cuando elijo lo que me perfecciona como ser humano.

» Si actúo sólo en virtud de mis apetencias momentáneas soy esclavo de mi tendencia a tomar lo agradable como valor supremo.

Lo agradable es un valor, pero se halla en la parte más baja de la escala de valores.

EL PRIMER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS ES: AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS.

Amar a Dios no es, precisamente, sentir cariño sensible hacia Él, como lo sentimos hacia nuestros padres; porque a Dios no se le ve, y a las personas a quienes no se ve es difícil tenerles cariño.

Dios no obliga a eso, pues no está en nuestra mano.

Aunque hay personas que llegan a sentirlo, con la gracia de Dios.

El amor está más en la voluntad que en el sentimiento.

Amar a Dios sobre todas las cosas es tenerle en aprecio supremo, es decir, estar convencido de que Dios vale más que nadie, y por eso preferirles a todas las cosas.

Tú puedes tener mucho más cariño al cuadro que pintó tu hija, que a cualquiera de los cuadros que se exponen en el Museo del Prado de Madrid, aunque reconozcas que estos últimos tienen mucho más valor artístico.

El amor a Dios es apreciativo.

El sentirlo depende del temperamento de cada uno.

El amor de Dios es cosa de la voluntad. Que Dios sea lo primero para nosotros. «Que hacer su voluntad sea la norma de nuestra vida».

El santo P. Rubio, S.I. lo expresó muy bien: “Hacer lo que Dios quiere, y querer lo que Dios hace”.

Tenemos que amar a Dios porque Él nos amó primero y debemos corresponderle.

El amor se manifiesta en obras más que en palabras. «Obras son amores y no buenas razones».

Amar a Dios es obedecerle, cumplir su voluntad. No hacer mal a nadie. Hacer bien a todo el mundo.

Una prueba de amor a Dios sobre todas las cosas es guardar sus mandamientos por encima de todo.

Es decir, estar dispuesto a perderlo todo antes que ofenderle.

Por lo tanto, preferir a Dios siempre que haya que escoger entre obedecerle o cometer un pecado grave.

Es el caso de San Pelagio de Córdoba y de Antonio Molle, de Santa María Goretti y Josefina Vilaseca, que se dejaron martirizar y apuñalar antes que cometer un pecado grave.

El adolescente San Pelagio murió mártir el año 925 por rechazar las proposiciones deshonestas del Califa cordobés Abderramán III.

Antonio Molle, requeté jerezano que a los veinte años fue mutilado y martirizado el 10-VIII-1936 durante la guerra civil española. Cayó prisionero de los milicianos rojos en el frente de Peñaflor (Sevilla), y como llevaba un escapulario quisieron hacerle blasfemar. Él siempre contestaba gritando: ¡Viva Cristo Rey!

Le cortaron las orejas y le sacaron los ojos, y al final lo acribillaron a balazos. Así lo cuenta Rafael de las Heras, testigo presencial.

Hoy su cuerpo mutilado está enterrado en la Basílica de Ntra. Sra. del Carmen Coronada de Jerez de la Frontera (Cádiz).

María Goretti, adolescente italiana, murió mártir de quince puñaladas por negarse a los deseos deshonestos de Alessandro Serenelli, un amigo suyo, que después se convirtió y murió fraile franciscano en loor de santidad.

Josefina Vilaseca también murió apuñalada en diciembre de 1952 en Artés, diócesis de Vich, por negarse a perder su virginidad. Tenía doce años.

Con ocasión de la beatificación de unos sacerdotes, mártires, asesinados en Motril (Granada) durante la persecución religiosa que tuvo lugar en la guerra civil de 1936, dijo el Papa Juan Pablo II: «La vida muere, pero la fe triunfa y vive. Así es el martirio. Un acto supremo de amor y fidelidad a Cristo, que se convierte en testimonio y ejemplo, en mensaje perenne para la humanidad presente y futura».

Dice Jesucristo: «el que guarda mis mandamientos, ése es el que me ama».

Y San Juan: «En esto consiste el amor a Dios, en guardar sus mandamientos».

Este mandamiento también nos obliga a creer en todas las verdades de fe; a esperar en Dios, confiando que nos dará las gracias necesarias para alcanzar la vida eterna; a adorarle solamente a Él, darle el culto debido y reverenciarle con el cuerpo y con el alma. Este mandamiento nos manda adorar sólo a Dios.

Este mandamiento prohíbe especialmente la idolatría que consiste en adorar como a Dios a otra cosa o persona.

Peca contra este mandamiento quien trata indignamente o maltrata personas, lugares o cosas consagradas a Dios: por ejemplo, una religiosa o un cáliz. Este pecado se llama sacrilegio.

Comete también un sacrilegio quien administra o recibe en pecado grave algún sacramento que requiere estado de gracia, lo cual es gravísimo. Por ejemplo, quien se casa en pecado grave, o quien comulga en pecado grave.

Peca, además, contra este mandamiento quien desconfía de la misericordia de Dios, o confía temerariamente en su bondad, permaneciendo mucho tiempo en pecado mortal, o el que peca más y más, precisamente porque Dios es misericordioso y nos ha prometido el perdón; quien tiene fe en adivinos, echadores de cartas, horóscopos, espiritistas y curanderos; también quien cree en serio cosas supersticiosas (mala suerte del nº 13, cadena de oraciones, etc.); quien niega o duda voluntariamente de alguna verdad de fe, o ignora por culpa suya lo necesario de la Religión.

«Ha de considerarse supersticioso creer que ciertas acciones o prácticas concedan gracias especiales de forma automática sin contar con las disposiciones del que las practica».

«Los horóscopos de ningún modo pueden servir para predecir los actos futuros libres de los hombres, puesto que sólo puede predecirse el futuro a partir de un hecho concreto, siempre y cuando el evento futuro se encuentre en este hecho o realidad presente como el efecto en su causa; y los hechos futuros de los hombres no son efecto de los movimientos o posiciones astrales. (...) Pretender determinar los hechos futuros a partir de los astros, plantea necesariamente la negación de la libertad humana. (...)

» Por ello, la astrología puede constituir herejía (si presupone la negación de la libertad y la Providencia), superstición e idolatría (si conlleva la adoración de los astros). (...)

» En cuanto a los horoscoperos, adivinos y astrólogos (licenciados o no en ciencias ocultas y parapsicológicas), hay que decir que la gran mayoría son vividores que se aprovechan de la credulidad de mucha gente. (...).

» Algunos, por último, practican la astrología como parte del culto a los demonios, y es por la intervención de éstos últimos que algunos “astrólogos” son capaces a veces de “predecir” algunos hechos futuros.

» Pero todas sus “predicciones” sobre los actos futuros libres de los hombres no son más que conjeturas.

» La Iglesia ha hablado sobre este tema desde antiguo condenando la creencia en la astrología, por ejemplo, el Concilio de Toledo del año 400, o el Concilio de Braga del 561.

» El juicio del Magisterio de la Iglesia puede resumirse en lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “develan” el porvenir.

» La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a mediums encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios”.

Todo género de adivinación, en definitiva, nace de la falta de fe en el Dios verdadero; y es el castigo del abandono de la auténtica fe.

 «En conclusión, si uno recurre a las prácticas astrológicas o consulta los horóscopos, creyendo seriamente en ello, comete un pecado de superstición propiamente dicho (pudiendo, incluso, llegar a la idolatría); si lo hace sólo por curiosidad y diversión, no hace otra cosa que recurrir a un pasatiempo fútil, que va poco a poco desgastando peligrosamente su fe verdadera. Si lo hace para granjearse la “protección” de los demonios, comete un pecado de idolatría diabólica, y tal vez tenga que decir alguna vez con el poeta Goëthe: “No puedo librarme de los espíritus que invoqué”».

El hombre o es religioso o es supersticioso.

Muchos que no creen en las verdades de la Religión, luego creen en las mentiras y engaños de adivinos, brujos y espiritistas.

Como dijo Chesterton: «No creer en Dios no significa no creer en nada; significa creer en todo».

Y en otro sitio dice Chesterton: «Las prácticas supersticiosas son de todos los tiempos. Y, singularmente, de aquellos que pasan por ser muy racionalistas».

Dice la Biblia: «Que nadie de vosotros practique la adivinación, ni el sortilegio, ni pretenda predecir el futuro, ni consulte adivinos, ni a los que invocan a los espíritus, ni consulte a los muertos (sesiones espiritistas)».

Nelson Torres

Abril 2026

Santo Domingo R.D

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