Dios y el Hombre
Dios y el Hombre
La teología ortodoxa tiene páginas bellísimas
en relación al tema de la función divinizadora del universo propia de la encarnación.
San Gregorio Palamas precisa: "Dios, que lo transciende todo,
incomprensible, indecible, consiente en hacerse participable a nuestra
inteligencia". Aún más: "El hombre es semejante a Dios, porque Dios
es semejante al hombre", afirma Clemente de Alejandría. Dios esculpía el
ser humano mientras miraba en su Sabiduría la humanidad celeste de Cristo. Ésta
está predestinada a reunir todas las cosas, tanto las que están en los cielos
como las que están en la tierra -"misterio escondido en Dios antes de
todos los Siglos".: la creación del hombre a imagen de Dios tenía como fin
la Encarnación, se la entienda como se la entienda, puesto que implica el
último grado de comunión entre Dios y el hombre.
Hay que prestar atención a esta visión de los
Padres: la deificación del hombre es una función de la humanización de Dios:
"el hombre es el rostro humano de Dios", dice san Gregorio de Nisa ,
y por eso "el hombre destinado al goce de los bienes divinos ha tenido que
recibir en su naturaleza misma un parentesco con aquello en que debía participar"
. Del mismo modo, san Macario dice: "entre Dios y el hombre existe el
mayor parentesco" . El Espíritu humano no se realiza si no es en el medio
divino: "contemplar a Dios es la vida del alma".
Las frases de los Padres son audaces:
"Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios por la gracia y
participe en la vida divina. - "El hombre es un ser que ha recibido la
orden de hacerse Dios". - "El hombre debe unir la naturaleza creada y
la energía divina increada". - "Yo soy hombre por naturaleza y Dios
por la gracia". - "El que participa en la energía divina se hace él
mismo, en cierta medida, luz". -"Microcosmos", el hombre es
también un "mikrotheos" - En su estructura es donde el hombre lleva
el enigma teológico, que es un ser misterioso, "homo cordis absconditus”,
definición netamente apofática y que explica el interés de los Padres por el
contenido de la imago Dei. Para san Gregorio de Nisa, la riqueza de la imagen
refleja las perfecciones divinas, convergencia de todos los bienes, y subraya
el poder propiamente divino de determinarse libremente por sí mismo.
Cuando el hombre dice: "Yo existo",
traduce en lo humano algo del carácter absoluto de Dios que dice: "Yo soy
el que soy". Para los Padres estas fórmulas eran palabras esenciales,
palabras de vida recibidas y vividas. Algunos teólogos "desmitifican"
el realismo último de los Padres y por eso debilitan el mensaje explosivo de
los Evangelios, el amor loco (manikon éros) de Dios por el hombre, según
Nicolás Cabasilas.
El hombre tiene que vivir la tensión entre la
humildad subjetiva y el hecho objetivo de ser co-liturgo, co-creador, copoeta
con Dios. Hay que reaprender las antinomias antaño tan familiares para los
Padres de la Iglesia. El hombre dice: Yo soy imperfecto, y Dios le responde:
Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. El hombre
dice: Soy polvo y nada, y Cristo le dice: Vosotros sois dioses, y sois mis
amigos. Sois de la raza de Dios, afirma san Pablo, y san Juan: habéis recibido
la unción del Santo y lo sabéis todo. "Yo llevo los estigmas de mis
iniquidades, pero soy a imagen de tu gloria invencible", dice en una
síntesis vigorosa el tropario del oficio fúnebre.
El hombre es creado y, sin embargo, no es
creado sino nacido del agua y del Espíritu Santo; es terrestre y celeste,
criatura y dios en proceso de realización. Un dios creado es una de las
nociones más paradójicas, al igual que la persona creada y la libertad creada.
La audacia de los Padres profundiza estas máximas y estos apotegmas a fin de no
entristecer y de no apagar al Espíritu Santo.
En efecto, la théosis oriental no es una
solución lógica, no es un concepto, sino una solución de vida y de gracia,
solución antinómica como todo carisma, y que se remonta a la antinomia de Dios
mismo. Los Padres lo han visto al decir que el Nombre de Dios es relativo al
mundo. Cómo Dios mismo puede ser a la vez absoluto y relativo, Dios de la
historia y Dios en la historia, tal es el misterio de su Amor que transciende
su propio carácter absoluto para revelarse Paternidad. Así también las palabras
de san Efrén el Sirio: "Toda la Iglesia es la Iglesia de los penitentes y
de los que perecen", pueden armonizarse con las palabras de san Simeón el
Nuevo Teólogo: "En verdad, es un gran misterio - ¿Dios entre los hombres,
Dios en medio de los dioses por deificación?" Sin embargo, es el mismo
misterio.
Si el hombre piensa a Dios, es porque se
encuentra ya en el interior del pensamiento divino, es porque ya Dios se piensa
en él. Sólo se puede ir a Dios partiendo de Él. El contenido del pensamiento
sobre Dios es un contenido epifánico, se acompaña de la presencia evocada.
La crucifixión "El Padre es el Amor que
crucifica, el Hijo es el Amor crucificado, el Espíritu Santo es el poder
invencible de la Cruz", ha dicho magníficamente el Metropolita de Moscú,
Filaretes. En cierto sentido, es la Crucifixión común en la que cada Persona de
la Trinidad tiene su propia manera de participar en el Misterio. La Cruz
vivificante es la única respuesta al proceso del ateísmo en el reino del mal. Se
puede aplicar a Dios la noción más paradójica, la de la debilidad, que
significa la salvación mediante el libre amor: Dios se presenta y declara su
amor, y pide que le paguen con la misma moneda; ... rechazado, espera a la
puerta... Por todo el bien que nos ha hecho no pide a cambio más que nuestro
amor; como pago de nuestro amor, nos perdona todas nuestras deudas.
Frente al sufrimiento, frente a toda forma del
mal, la única respuesta adecuada es decir que Dios es débil y que no puede sino
sufrir con nosotros. Débil, en efecto, no en su omnipotencia, sino en su Amor
crucificado...
En la Cruz Cristo ha asumido la mortalidad
misma. El poder de la muerte está en su autonomía, pero Cristo da su muerte al
Padre, y por eso en Cristo es la muerte la que muere: por la muerte ha vencido
a la muerte. Desde entonces ningún hombre muere ya solo, - Cristo muere con él
para resucitarlo con Él.
El Salvador en cruz no es simplemente un
Cristo muerto, es el Kyrios, Dueño de su propia muerte y Señor de su vida. No
ha sufrido de hecho ninguna alteración por su Pasión. Sigue siendo el Verbo, la
Vida eterna que se abandona a la muerte y la sobrepasa. Cuando fuiste
crucificado, oh Cristo, la creación entera ante este espectáculo se estremeció
de horror y los cimientos de la tierra temblaron ante tu poder.
Al contemplar el icono pensamos en la hermosa
reflexión de Nicolás Cabasilas: En función de Cristo ha sido creado el corazón
humano, cofre inmenso y suficientemente amplio para contener a Dios mismo... El
ojo ha sido creado para la luz, el oído para los sonidos, todas las cosas para
su fin, y el deseo del alma para lanzarse hacia Cristo.
La teología ortodoxa tiene páginas bellísimas
en relación al tema de la función divinizadora del universo propia de la encarnación.
San Gregorio Palamas precisa: "Dios, que lo transciende todo,
incomprensible, indecible, consiente en hacerse participable a nuestra
inteligencia". Aún más: "El hombre es semejante a Dios, porque Dios
es semejante al hombre", afirma Clemente de Alejandría. Dios esculpía el
ser humano mientras miraba en su Sabiduría la humanidad celeste de Cristo. Ésta
está predestinada a reunir todas las cosas, tanto las que están en los cielos
como las que están en la tierra -"misterio escondido en Dios antes de
todos los Siglos".: la creación del hombre a imagen de Dios tenía como fin
la Encarnación, se la entienda como se la entienda, puesto que implica el
último grado de comunión entre Dios y el hombre.
Hay que prestar atención a esta visión de los
Padres: la deificación del hombre es una función de la humanización de Dios:
"el hombre es el rostro humano de Dios", dice san Gregorio de Nisa ,
y por eso "el hombre destinado al goce de los bienes divinos ha tenido que
recibir en su naturaleza misma un parentesco con aquello en que debía participar"
. Del mismo modo, san Macario dice: "entre Dios y el hombre existe el
mayor parentesco" . El Espíritu humano no se realiza si no es en el medio
divino: "contemplar a Dios es la vida del alma".
Las frases de los Padres son audaces:
"Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios por la gracia y
participe en la vida divina. - "El hombre es un ser que ha recibido la
orden de hacerse Dios". - "El hombre debe unir la naturaleza creada y
la energía divina increada". - "Yo soy hombre por naturaleza y Dios
por la gracia". - "El que participa en la energía divina se hace él
mismo, en cierta medida, luz". -"Microcosmos", el hombre es
también un "mikrotheos" - En su estructura es donde el hombre lleva
el enigma teológico, que es un ser misterioso, "homo cordis absconditus”,
definición netamente apofática y que explica el interés de los Padres por el
contenido de la imago Dei. Para san Gregorio de Nisa, la riqueza de la imagen
refleja las perfecciones divinas, convergencia de todos los bienes, y subraya
el poder propiamente divino de determinarse libremente por sí mismo.
Cuando el hombre dice: "Yo existo",
traduce en lo humano algo del carácter absoluto de Dios que dice: "Yo soy
el que soy". Para los Padres estas fórmulas eran palabras esenciales,
palabras de vida recibidas y vividas. Algunos teólogos "desmitifican"
el realismo último de los Padres y por eso debilitan el mensaje explosivo de
los Evangelios, el amor loco (manikon éros) de Dios por el hombre, según
Nicolás Cabasilas.
El hombre tiene que vivir la tensión entre la
humildad subjetiva y el hecho objetivo de ser co-liturgo, co-creador, copoeta
con Dios. Hay que reaprender las antinomias antaño tan familiares para los
Padres de la Iglesia. El hombre dice: Yo soy imperfecto, y Dios le responde:
Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. El hombre
dice: Soy polvo y nada, y Cristo le dice: Vosotros sois dioses, y sois mis
amigos. Sois de la raza de Dios, afirma san Pablo, y san Juan: habéis recibido
la unción del Santo y lo sabéis todo. "Yo llevo los estigmas de mis
iniquidades, pero soy a imagen de tu gloria invencible", dice en una
síntesis vigorosa el tropario del oficio fúnebre.
El hombre es creado y, sin embargo, no es
creado sino nacido del agua y del Espíritu Santo; es terrestre y celeste,
criatura y dios en proceso de realización. Un dios creado es una de las
nociones más paradójicas, al igual que la persona creada y la libertad creada.
La audacia de los Padres profundiza estas máximas y estos apotegmas a fin de no
entristecer y de no apagar al Espíritu Santo.
En efecto, la théosis oriental no es una
solución lógica, no es un concepto, sino una solución de vida y de gracia,
solución antinómica como todo carisma, y que se remonta a la antinomia de Dios
mismo. Los Padres lo han visto al decir que el Nombre de Dios es relativo al
mundo. Cómo Dios mismo puede ser a la vez absoluto y relativo, Dios de la
historia y Dios en la historia, tal es el misterio de su Amor que transciende
su propio carácter absoluto para revelarse Paternidad. Así también las palabras
de san Efrén el Sirio: "Toda la Iglesia es la Iglesia de los penitentes y
de los que perecen", pueden armonizarse con las palabras de san Simeón el
Nuevo Teólogo: "En verdad, es un gran misterio - ¿Dios entre los hombres,
Dios en medio de los dioses por deificación?" Sin embargo, es el mismo
misterio.
Si el hombre piensa a Dios, es porque se
encuentra ya en el interior del pensamiento divino, es porque ya Dios se piensa
en él. Sólo se puede ir a Dios partiendo de Él. El contenido del pensamiento
sobre Dios es un contenido epifánico, se acompaña de la presencia evocada.
La crucifixión "El Padre es el Amor que
crucifica, el Hijo es el Amor crucificado, el Espíritu Santo es el poder
invencible de la Cruz", ha dicho magníficamente el Metropolita de Moscú,
Filaretes. En cierto sentido, es la Crucifixión común en la que cada Persona de
la Trinidad tiene su propia manera de participar en el Misterio. La Cruz
vivificante es la única respuesta al proceso del ateísmo en el reino del mal. Se
puede aplicar a Dios la noción más paradójica, la de la debilidad, que
significa la salvación mediante el libre amor: Dios se presenta y declara su
amor, y pide que le paguen con la misma moneda; ... rechazado, espera a la
puerta... Por todo el bien que nos ha hecho no pide a cambio más que nuestro
amor; como pago de nuestro amor, nos perdona todas nuestras deudas.
Frente al sufrimiento, frente a toda forma del
mal, la única respuesta adecuada es decir que Dios es débil y que no puede sino
sufrir con nosotros. Débil, en efecto, no en su omnipotencia, sino en su Amor
crucificado...
En la Cruz Cristo ha asumido la mortalidad
misma. El poder de la muerte está en su autonomía, pero Cristo da su muerte al
Padre, y por eso en Cristo es la muerte la que muere: por la muerte ha vencido
a la muerte. Desde entonces ningún hombre muere ya solo, - Cristo muere con él
para resucitarlo con Él.
El Salvador en cruz no es simplemente un
Cristo muerto, es el Kyrios, Dueño de su propia muerte y Señor de su vida. No
ha sufrido de hecho ninguna alteración por su Pasión. Sigue siendo el Verbo, la
Vida eterna que se abandona a la muerte y la sobrepasa. Cuando fuiste
crucificado, oh Cristo, la creación entera ante este espectáculo se estremeció
de horror y los cimientos de la tierra temblaron ante tu poder.
Al contemplar el icono pensamos en la hermosa
reflexión de Nicolás Cabasilas: En función de Cristo ha sido creado el corazón
humano, cofre inmenso y suficientemente amplio para contener a Dios mismo... El
ojo ha sido creado para la luz, el oído para los sonidos, todas las cosas para
su fin, y el deseo del alma para lanzarse hacia Cristo.
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