Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
1. Según los sinópticos, Jesús gritó dos veces desde la cruz
(Cfr. /Mt/27/46-50; /Mc/15/34/37); sólo Lucas (/Lc/23/46) explica el contenido
del segundo grito. En el primero se expresan la profundidad e intensidad del sufrimiento de
Jesús, su participación interior, su espíritu de oblación y también quizá la
lectura profético-mesiánica que El hace de su drama sobre la huella de un Salmo
bíblico. Cierto que el primer grito manifiesta los sentimientos de desolación y
abandono expresados por Jesús con las primeras palabras del Salmo 21/22: 'A la
hora nona gritó Jesús con fuerte voz: "Eloí, Eloí, lema sabactani!'' (que
quiere decir), ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado!' (Mc 15, 34;
cfr. Mt 27, 46). Marco trae las palabras en arameo. Se puede suponer que ese
grito haya parecido de tal forma característico, que los testigos auriculares
del hecho, cuando narraron el drama del Calvario, encontraron oportuno repetir
las mismas palabras de Jesús en arameo, la lengua que hablaban El y la mayoría
de los israelitas contemporáneos suyos. A Marco le pudieron ser referidas por
Pedro, como sucede con la palabra 'Abbá'= Padre (Cfr. Mc 14, 36) en la oración
de Getsemaní.
2. Que Jesús use en su primer grito las palabras iniciales del
Salmo 21/22, es algo significativo por diversas razones. En el espíritu de Jesús, que
acostumbraba a rezar siguiendo los textos sagrados de su pueblo, se habían
depositado muchas de aquellas palabras y frases que le impresionaban
particularmente porque expresaban mejor la necesidad y a angustia del hombre
delante de Dios y aludían de algún modo a la condición de Aquel que tomaría
sobre sí toda nuestra iniquidad (Cfr. Is 53, 11).
Por eso, en la hora del Calvario fue
espontáneo para Jesús apropiarse de aquella pregunta que el Salmista hace a
Dios sintiéndose agotado por el sufrimiento. Pero en su boca el 'por qué'
dirigido a Dios era muy eficaz al expresar un estupor dolido por el sufrimiento
que no tenía una explicación simplemente humana, sino que constituía un
misterio del que sólo el Padre tenía la clave. Por esto, aun naciendo del
recuerdo del Salmo leído o recitado en la sinagoga, la pregunta encerraba un
significado teológico en relación con, el sacrificio mediante el cual Cristo
debía, en total solidaridad con el hombre pecador, experimentar en Sí el
abandono de Dios. Bajo el influjo de esta tremenda experiencia interior, Jesús
al morir encuentra la fuerza para estallar con este grito.
En aquella experiencia, en aquel
grito, en aquel 'por qué' dirigido al cielo, Jesús establece también un nuevo
modo de solidaridad con nosotros, que tan a menudo nos vemos llevados a
levantar ojos y labios al cielo para expresar nuestro lamento, y alguno incluso
su desesperación.
3. Escuchando a Jesús pronunciar su 'por qué', aprendemos que
también los hombres que sufren pueden pronunciarlo, pero con esas mismas
disposiciones de confianza y abandono filial de las que Jesús es maestro y
modelo para nosotros. En el 'por qué' de Jesús, no hay ningún sentimiento o resentimiento que
lleve a la rebelión o que induzca a la desesperación; no hay sombra de reproche
dirigido al Padre, sino que es la expresión de la experiencia de fragilidad, de
soledad, de abandono a Sí mismo, hecha por Jesús en nuestro lugar; por El, que
se convierte así en el primero de los 'humillados y ofendidos', el primero de
los abandonados, el primero de los 'desamparados' (como le llaman los
españoles), pero que al mismo tiempo nos dice que sobre todos estos pobres
hijos de Eva vela la mirada benigna de la Providencia auxiliadora.
4. En realidad, si Jesús prueba el sentimiento de verse
abandonado por el Padre, sabe, sin embargo, que no lo está en absoluto.
Él mismo dijo: 'El Padre y yo somos una sola cosa' (Jn 10, 30), y hablando de la pasión futura: 'Yo no estoy solo porque
el Padre está conmigo' (Jn 16, 32). En la cima de su espíritu Jesús
tiene la visión neta de Dios y la certeza de la unión con el Padre. Pero en las
zonas que lindan con la sensibilidad y, por ello, más sujetas a las
impresiones, emociones, repercusiones de las experiencias dolorosas internas y
externas, el alma humana
de Jesús se reduce a un desierto, y Él no siente ya la 'presencia' del Padre,
sino la trágica experiencia de la más completa desolación.
5. Aquí se puede trazar un cuadro sumario de aquella situación
sicológica de Jesús con relación a Dios.
Los acontecimientos exteriores parecen
manifestar la ausencia del Padre que deja crucificar a su Hijo aun disponiendo
de 'legiones de ángeles' (Cfr. Mt 26, 53), sin intervenir para impedir su
condena a la muerte y al suplicio. En el huerto de los Olivos Simón Pedro había
desenvainado una espada en su defensa, siendo rápidamente interrumpido por el
mismo Jesús (Cfr. Jn 18, 10s.); en el pretorio Pilato había intentado varias
veces maniobras diversas para salvarle (Cfr. Jn 18, 31. 38 s.; 19, 46. 12-15);
pero el Padre, ahora, calla. Aquel silencio de Dios pesa sobre el que muere
como la pena más gravosa, tanto más cuanto que los adversarios de Jesús
consideran aquel silencio como su reprobación: 'Ha puesto su confianza en Dios;
que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: ¡Soy Hijo de
Dios!' (Mt 27, 43).
En la esfera de los sentimientos y de
los afectos, este sentido de la ausencia y el abandono de Dios fue la pena más
terrible para el alma de Jesús, que sacaba su fuerza y alegría de la unión con
el Padre. Esa pena hizo más duros todos los demás sufrimientos. Aquella falta
de consuelo interior fue su mayor suplicio.
6. Pero
Jesús sabía que, con esta fase extrema de su inmolación, que llegó hasta las
fibras más íntimas de su corazón, completaba la obra de la redención que era el
fin de su sacrificio por la reparación de los pecados. Si el pecado es la
separación de Dios, Jesús debía probar en la crisis de su unión con el Padre,
un sufrimiento proporcionado a esa separación.
Por otra parte, citando el comienzo
del Salmo 21/22 que quizá continuó diciendo mentalmente durante la pasión,
Jesús no ignoraba su conclusión, que se transforma en un himno de liberación y
en un anuncio de salvación dado a todos por Dios. La experiencia del abandono
es, pues, una pena pasajera que cede el puesto a la liberación personal y a la
salvación universal. En el alma afligida de Jesús tal perspectiva alimento
ciertamente la esperanza, tanto más cuanto que siempre presentó su
muerte como un paso hacia la resurrección, como su verdadera glorificación. Con
este pensamiento su alma recobra vigor y alegría sintiendo que está próxima,
precisamente en el culmen del drama de la cruz, la hora de la victoria.
7. Sin embargo, poco después, quizá por influencia del Salmo
21/22, que reaparecía en su memoria, Jesús dice estas otras palabras: 'Tengo
sed' (Jn 19,28).
Es muy comprensible que con estas
palabras Jesús aluda a la sed física, al gran tormento que forma parte de la
pena de la crucifixión, como explican los estudiosos de estas materias. También
se puede añadir que el manifestar su sed Jesús dio prueba de humildad,
expresando una necesidad física elemental, como haberla hecho otro cualquiera.
También en esto Jesús se hace y se muestra solidario con todos los que, vivos o
moribundos, sanos o enfermos, pequeños o grandes, necesitan y piden al menos un
poco de agua... (Cfr. Mt 10, 42). ¡Es hermoso para nosotros pensar que cualquier socorro prestado aun
moribundo, se le presta a Jesús crucificado!
8. No podemos ignorar a anotación del Evangelista, el cual
escribe que Jesús pronunció tal expresión 'Tengo sed' 'para que se cumpliera la
Escritura'. (Jn
19, 28 También en esas palabras de Jesús hay otra dimensión, además de la
físico-sicológica. La referencia es también al Salmo 21/22: 'Mi garganta
está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar; me aprietas contra el
polvo de la muerte' (Sal 21/22, 16). También en el Salmo 68/69, 22 se lee:
'Para mi sed me dieron vinagre'.
En las palabras del Salmista se trata
de sed física, pero en los labios de Jesús la sed entra en la perspectiva mesiánica
del sufrimiento de la cruz. En su sed, Cristo moribundo busca otra bebida muy
distinta del agua o del vinagre: como cuando en el pozo de Sicar pidió a la
samaritana: 'Dame de beber' (Jn 4, 7). La sed física, entonces, fue símbolo y
tránsito hacia otra sed: la de la conversión de aquella mujer. Ahora, en la
cruz, Jesús tiene sed de una humanidad nueva, como la que deberá surgir de su
sacrificio, para que se cumplan las Escrituras. Por eso relaciona el
Evangelista el 'grito de sed' de Jesús con las Escrituras. La sed de la cruz,
en boca de Cristo moribundo, es la última expresión de ese deseo del bautismo
que tenía que recibir y de fuego con el cual encender la tierra, manifestado
por él durante su vida. 'He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto
desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y
¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!' (Lc 12, 49-50). Ahora se va a
cumplir ese deseo, y con aquellas palabras Jesús confirma el amor ardiente con
que quiso recibir ese supremo 'bautismo' para abrirnos a todos nosotros la
fuente del agua que sacia y salva verdaderamente (Cfr. Jn 4, 13-14).
Nelson Torres
Febrero 2026
Santo Domingo R.D
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