Conclusión int lit Ratzinger

 


Conclusión int lit Ratzinger

Conclusión

Junto con el estudio de la Biblia, Ratzinger empezó por la liturgia. E incluso antes: él mismo recuerda cómo al lado de la razón, la liturgia era uno de los refugios contra la persecución nacionalsocialista. Siguió entonces dos caminos para encontrar a Dios: la inteligencia y la belleza de la celebración. La liturgia no es tan sólo una evocación nostálgica, sino que constituye un punto de partida de su pensamiento. Ratzinger piensa que la misma comprensión de la Iglesia debe nacer de la liturgia. Si Jesucristo se hace realmente presente en la celebración de la Eucaristía, esta se constituye en el origen de la Iglesia.

La liturgia ocupa así un lugar central y prioritario en su pensamiento, como lo fue en el mismo Vaticano II. La liturgia es lo primero, el centro, el corazón. Respecto a la teología litúrgica, Ratzinger sostiene que la celebración eucarística no es sólo una cena de comunidad (como recordaron en su día los protestantes), sino que sobre todo contiene la misma muerte y resurrección de Cristo: actualiza toda la pascua del Señor. La dimensión sacrificial de la Eucaristía y su concepción como memorial de la pascua del Señor forman parte esencial de la comprensión del misterio eucarístico.

Por eso es fiesta y sacrificio al mismo tiempo. En El espíritu de la liturgia (2000) Ratzinger profundizó en la dimensión cósmica de la liturgia. La liturgia surge del mismo Dios, pero se hace asequible a la humanidad, integrándose en la historia y en el mundo. Constituye así también el centro de la creación y del universo. En este sentido, le concede una gran relevancia y centralidad a la vida litúrgica. Al teólogo alemán le parecía que, en ocasiones, faltaba una comprensión profunda de lo que se celebra en la liturgia, es decir, un sentido del misterio que aparece, por ejemplo, en las liturgias orientales.

 

La liturgia debe expresar de modo claro el misterio que contiene, y será por tanto necesaria una toma de conciencia de la profundidad y dignidad de lo que ocurre en cada celebración litúrgica. En este sentido, propone Ratzinger un nuevo «movimiento litúrgico», como el que tuvo lugar en las mejores teologías europeas en la primera mitad del siglo XX. Cristo y la celebración de su misterio pascual han de ocupar de verdad el centro de la vida de la Iglesia. La celebración no será un lugar para que él ejercite sus dotes de improvisación; no es un show, repite una y otra vez. El centro de la celebración es Cristo, no el sacerdote. En este sentido –como decíamos–, Ratzinger no oculta su afinidad en la línea desarrollada por la teología y la espiritualidad ortodoxas, donde la liturgia ocupa un lugar central.



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