AMOR AL PROJIMO
Amor al Prójimo
La Virgen María vivió pobre y humilde, siempre pobre en dinero, pero rica en
amor. Ahí tienes la pequeña Nazaret, el pobre pesebre de Belén, la huida a
Egipto perseguidos, la vida oculta del carpintero y la vida pública sin techo
ni cobijo, la pasión tan dolorosa y la cruz del monte calvario en Jerusalén...
en fin, toda la vida de Jesús y de María.
El
tesoro de María era Jesús y el tesoro de Jesús era el amor del Padre Dios. Ya
lo dice muy claro el Señor: “no podéis servir a Dios y al dinero”.
Entonces,
ante el ejemplo de Cristo y de María y de los santos, ¿cómo no vamos nosotros a
querer vivir con más sencillez y austeridad, sin lujos ni caprichos? ¿Cómo no
pensar más en tantos hermanos nuestros que no tienen nada para vivir y se
mueren de hambre? ¿Cómo no vamos a visitar a los enfermos y socorrer a los
necesitados?
Ya
sabes muy bien que el amor a la Virgen hay que demostrarlo amando al
prójimo, amando a sus hijos más pobres... Recuerda siempre la fuerte
advertencia de María en el Magníficat: “A los ricos Dios los despide vacíos”.
“Donde
hay caridad y amor, allí esta Dios”, porque “Dios es amor”. Y como dice San
Juan de la Cruz; “donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Donde no ves
amor, empieza tú mismo el primero dando amor, repartiendo una sonrisa y una
palabra de saludo y amistad.
Jesús
dijo: “el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano y mi
hermana y mi madre”. Así, por ejemplo, la madrileña Santa Soledad Torres
Acosta, que pasó toda su vida cuidando enfermos, es también
espiritualmente madre de Cristo.
Nunca
podemos olvidar a los miles de hermanas religiosas que en las guerras han
atendido y cuidado con esmero y cariño a los soldados heridos de ambos bandos
de la contienda.
Lo
que más desean un padre y una madre es ver que sus hijos se
quieren y se llevan bien. ¡Qué dolor para los padres es ver lo contrario! Pues
lo mismo pasa en el Corazón de María, nuestra Madre. Y es que todos somos
hermanos y tenemos que construir entre todo un mundo mejor, la civilización del
amor donde reine la paz, preparando un futuro de esperanza para las próximas
generaciones.
Cuánto
bien hace a toda la tierra, una persona que se convierte al Dios de la paz. Y
cuánta alegría da al cielo, según la frase de Jesucristo: “os aseguro que se
llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta”. Por
eso, el mensaje de la Virgen en Fátima llamando a la conversión, coincide
totalmente con la invitación de Cristo para que nos convirtamos a su Reino de
amor y paz. El objetivo de Lourdes y Fátima es hacernos crecer en la fe, en la
esperanza y en la caridad.
Recuerda
que al atardecer de la vida, te examinarán del amor; sí, “al final de tu vida,
te examinarán en el amor”. Tu vida debe ser una historia de amor y salvación.
Toda
la historia de la humanidad se divide en: antes de Cristo y después de Cristo;
los años y los siglos antes y después de Cristo. Y la razón es porque
Jesucristo es la persona central de la historia, el centro de la humanidad y
del cosmos. Jesús es el Rey del Universo. Y al final de los tiempos el Hijo de
Dios vendrá a juzgar a todas las naciones de la tierra, a todos los habitantes
del mundo. Pero para ayudarnos, ha querido decir por adelantado cuáles serán
las preguntas del examen final de la vida. Y la Virgen, tu
Madre, quiere ayudarte a cumplirlas antes que llegue la hora del Juicio Final.
Por eso, graba este evangelio en tu memoria: “venid vosotros benditos de mi
Padre; heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del
mundo, porque…
-tuve hambre y me disteis de comer,
-tuve sed y me disteis de beber,
-fui forastero y me hospedasteis,
-estuve desnudo y me vestisteis,
-estuve enfermo y me visitasteis,
-estuve en la cárcel y vinisteis a verme…
Os
aseguro que “cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes
hermanos, conmigo lo hicisteis”.
Si
quieres, hoy mismo puedes empezar a visitar a los encarcelados, rezando por los
presos, hombres y mujeres, que hay en las cárceles del mundo entero. Comienza a
visitarles con tu oración llena de amor y misericordia, sin juzgarles ni
condenarles en tu corazón. Según el santo Evangelio, son “Jesús para ti”.
Ya sabes que la Virgen de la Mercedes, es la patrona de los cautivos.
También
visitando a un enfermo en el hospital o en su casa, le llenas de consuelo y de
esperanza, al sentirse amado, recordado y valorado.
¿Por
qué existe el mal y el sufrimiento? Ésta es la gran pregunta de la
humanidad. Y la mejor respuesta es el amor de Cristo Crucificado:
El dolor asumido por Jesucristo, Dios hecho hombre, que sufre en su Pasión por
nuestra salvación. “Tu dolor ofrecido con amor es redentor”. Además,
Dios te ha creado a ti para que tú alivies el dolor de tu prójimo, como hizo el
“buen samaritano” de la parábola de Jesús. Ante cualquier dolor
humano, la Virgen de los Dolores siente en su corazón maternal las
penas de sus hijos, los hombres y mujeres de este mundo. “Dios llora en la
tierra”. Y María llora cuando sus hijos se odian y se matan en las guerras de
esta tierra… Pero también la Virgen se alegra por cada obra
buena, por cada gesto de amor y caridad del ser humano…
San
Pablo alaba la caridad como la máxima virtud en su precioso Himno al
amor de su carta a los Corintios: “si no tengo amor, no soy nada; si no tengo
amor, de nada me sirve”. Y añade después: “el amor es comprensivo, el amor es
servicial y no tiene envidia, el amor disculpa sin límites, aguanta sin
límites... Lo más grande es el amor”. Al terminar de escuchar este
cántico al amor, uno piensa: “así fue María, así es María, la Virgen de
la Caridad, la Madre del Amor”. Y después añadimos: “así tenemos que ser
también nosotros”.
En
tiempos del apóstol Pablo, los esclavos eran muy maltratados hasta ser a veces
torturados según el capricho de sus dueños. Nadie les amparaba en el
Imperio Romano. Es entonces cuando San Pablo, lleno de caridad
hacia estos esclavos, escribe toda una carta dirigida a Filemón para que
trate al esclavo Onésimo, “no como a un esclavo, sino como a un hermano muy
querido”. Y le añade: “si yo le quiero tanto como a un hijo de mis entrañas,
¡cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano!”. Es muy
conocido que para los primeros cristianos “ya no hay distinción entre judío y
griego, entre esclavo y libre, entre varón y mujer,
porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.
Impulsados
por el mensaje social del evangelio, los primeros cristianos distribuían
sus bienes a los pobres, dando testimonio de que era posible una convivencia
pacífica y solidaria entre ricos y pobres. Como enseña Juan Pablo II, “la
opción preferencial por los pobres nunca es exclusiva ni
discriminatoria de otros grupos”.
Al
escuchar las palabras de Jesucristo y del Papa, María te da su último consejo:
“haced lo que Él os diga”. Lo dijo en las Bodas de Caná. La frase podría
parecer limitada a una situación transitoria. Sin embargo, como subraya el Papa
Pablo VI, su alcance es muy superior: es una exhortación permanente a que nos
abramos a la enseñanza de Jesús. Se da así una plena consonancia con la voz de
Dios Padre en el monte Tabor: “éste es mi Hijo amado, en quien tengo mi
complacencia; escuchadle”.
Un
padre y una madre acompañan a sus hijos con solicitud. Se esfuerzan en una
constante acción educativa. Deben ir a una, decir lo mismo a los hijos. Así son
las voces concordes del Padre y de María: “escuchad a Jesús”, “haced lo
que Jesús os diga”. Es el buen consejo que cada uno de nosotros debe tratar de
asimilar. Es la misma recomendación de la madre Iglesia y de los papas de Roma.
Recuerda la voz fuerte y segura de Juan Pablo II: “no temáis; abrid de par
en par las puertas a Cristo”.
Pero
recuerda que Jesucristo dijo a San Pedro y a los Apóstoles: “quien a
vosotros os escucha, a Mí me escucha”. Así pues, escuchar a la Iglesia es
escuchar a Cristo y obedecer al papa es obedecer a Cristo. Por tanto, también
la Virgen María te anima a respetar a la Iglesia de Cristo. Ya sabes que el
papa es el Vicario de Cristo en la tierra, es decir, su representante
principal, por ello, también María nos dice: “haced lo que Él os diga”, también
lo que os diga y enseñe el papa, Vicario de Cristo.
La
mayoría de los papas de los primeros siglos dieron su vida y su sangre por
amor, muriendo mártires de Cristo por la salvación de todo
aquel mundo. Así lo hizo el primer papa San Pedro en Roma, el año 64.
Un
día le preguntó Jesús resucitado a Pedro: “¿me quieres?”.
Y
Pedro le respondió: “sí, Señor, Tú sabes que te quiero”. Pues bien,
después de haber contemplado en las páginas de este libro, el amor de
María por ti, también la Virgen te pregunta a ti, como Jesús a Pedro: hijo
mío muy querido, “¿me amas más que estos?”.
-Sí,
Madre, tú sabes que te amo.
-Pues
si me amas de verdad, ama tú también a tu hermano, ama a tu prójimo. Es
decir, si me amáis, amaos unos a otros como yo os he amado y os amo con todo mi
Corazón maternal.
Éste
es el gran deseo de María para todos sus hijos, los hombres y mujeres de este
mundo, que nos amemos, que nos queramos todos como hermanos que somos, hijos
todos de Dios y de María… “Amaos los unos a los otros”, dice el Señor.
Y
permíteme esta anécdota final. Un día me preguntó un
amigo mío: - ¿Qué esperas de la Virgen, a cambio de lo que has estudiado y
escrito por Ella?
Y
yo le respondí: -Ningún bien material; solamente, si Dios quiere, la gracia del
martirio, es decir, dar mi vida por los demás.
Igual
que unos amigos míos, que son sacerdotes y seminaristas, yo también espero de
la Virgen María, Reina de los Mártires, la gracia del martirio. Y
así, dar la vida por amor a Jesucristo; deseamos vivir amando y morir
perdonando, entregar la vida por la salvación del mundo, con todo el amor del
Corazón de María.
Muchas
veces en el evangelio, Jesús te invita a no tener miedo. No temas,
“no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden nada más”. Recuerda
siempre en tu vida lo que afirma con tanta fuerza el apóstol san Pablo: “todo
lo puedo en Aquel que me conforta”. Por eso, no tengas miedo, herman@, que
la Virgen, tu Madre, te dará siempre fuerzas para llevar la cruz de
cada día en pos de Jesús.
Y
lo más importante es presentarse con humildad ante Dios, como el
publicano de la parábola de Jesús. No podemos rezar con soberbia presumiendo
como aquel fariseo que “se tenía por justo y despreciaba a los demás”. Por eso,
cuando rezamos a la Virgen, hemos de presentarnos ante María con humildad
y sencillez: “Madre de Dios, ten compasión de mí, que soy un
pecador; oh María, Madre mía, ten piedad de mí, que soy un pobre pecador…”
Porque la persona humilde llega al Corazón de Dios… Además, al mirar a la
Virgen se aviva en nosotros, sus hijos, la aspiración a la humildad, a la
bondad, a la santidad y a la pureza de corazón… Con Jesús y María
venceremos todas las tentaciones y dificultades.
La victoria final es de Dios, nuestro Señor.
El apóstol
san Juan, después de mostrar en el último libro de la Biblia la gran señal
que es la Mujer coronada de estrellas, indica la Victoria final de San
Miguel sobre el maligno, simbolizado en el dragón: “ya llega la
victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías”. Coincide
con la promesa final de la Virgen María en Fátima: “por fin, mi Corazón
Inmaculado triunfará”.
Sí,
querido hermano, el Corazón de María triunfará en tu vida, haciéndote
santo de verdad. Y triunfarán al final, en un tiempo no muy lejano, Jesucristo
y la Virgen, llevando toda la humanidad al amor de Dios Padre.
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