6º-9º MANDAMIENTO
Acerca de la Castidad
No es fácil entender el
significado profundo de la castidad, sobre todo en un mundo en que se hace poca
mención de esta virtud y no se le concede gran aprecio.
Presupuestos para entender plenamente la castidad
No es fácil entender el
significado profundo de la castidad, sobre todo en un mundo en que se hace poca
mención de esta virtud y no se le concede gran aprecio. Para percibir ciertos
objetos es preciso crear condiciones favorables, y esto es tanto más necesario
cuanto el objeto es más delicado.
Para percibir el
delicado entorno e identidad de la castidad se requieren algunas condiciones
básicas:
a) Creer en Dios,
adorarlo como único Señor, tener la convicción profunda que todo debe estar
referido a Él, y que lo que no se puede referir a Él no tiene valor alguno. La
castidad, como hemos visto en no pocos textos de la S. Escritura, tiene una
profunda dimensión religiosa y no se comprende a cabalidad sino de cara a Dios.
Para quien no cree en Dios es posible entender algo de lo que significa la castidad,
pero jamás llegará a apreciar plenamente su más profundo sentido y alcance.
b) Creer en la vida
eterna, estar firmemente persuadidos de que nuestra existencia terrenal no es
sino una etapa, la primera, -provisoria y transitoria- de nuestro ser personal,
y que después de ella viene la segunda, definitiva y sin ocaso, cuando
alcanzaremos la plenitud de nuestro ser y de nuestro destino.
c) Creer que nuestra
vida terrenal sólo tiene sentido cabal en función de la vida eterna. No son dos
realidades yuxtapuestas, autónomas la una con respecto a la otra, sino que la
primera es camino, instrumento y preparación para la segunda; medio con
respecto a un fin.
d) Vivir y pensar con
limpieza de corazón, porque quien no vive conforme a lo que piensa, acaba
pensando de acuerdo a lo que vive. Es difícil que la persona que no vive
castamente llegue a tener aprecio por la castidad. Quien vive entregado a la
malicia y a la lujuria no está en condiciones de entender lo que es la
castidad.
e) Creer que la
sexualidad es una obra de Dios, que tiene una finalidad no sólo biológica, sino
espiritual, y que su ejercicio debe estar marcado por esa finalidad y jamás
independizarse de ella.
f) Tener presente que
la naturaleza humana, obra de Dios, está herida por el pecado original. Esto
significa que hay en ella un desorden en las apetencias que produce impulsos
que tienden a hacerse autónomos y a realizar acciones que no son coherentes con
la finalidad de la naturaleza. Consciente de poseer una naturaleza
"herida", el hombre puede comprender que su regla de conducta no
puede ser la de "dejarse llevar" por sus impulsos, como si fueran
siempre buenos, sino que debe vivir alerta, vigilante, ejercitando el señorío
de su razón, iluminada por la fe, sobre sus apetencias.
g) En toda acción
humana el cristiano sabe que interviene la gracia de Dios, esa fuerza
misteriosa, y no por ello menos real, que lo impulsa a obrar en conformidad a
la voluntad de Dios, sanando el desorden causado por el pecado original y los
pecados personales, devolviendo al hombre a la amorosa familiaridad con Dios y
rehaciendo en la creatura la imagen y semejanza del Creador. La gracia de Dios
ejerce su poder tanto en nuestra inteligencia, a fin de hacernos capaces de
juzgar según la sabiduría de Dios, como sobre nuestra voluntad, haciéndole
posible imponer su decisión sobre las apetencias desordenadas y querer lo que
Dios quiere.
Los siete
"presupuestos" anteriores no deben concebirse como los eslabones de
una cadena, de modo que cada uno derivara del anterior y el precedente pudiera
prescindir del que lo sigue, sino que son las facetas de una misma realidad
total, aspectos que se condicionan los unos a los otros, y de tal modo que no
se puede prescindir de ninguno, so pena de amagar el equilibrio y la armonía
del conjunto.
Estas consideraciones
muestran que la castidad no puede ser comprendida correctamente sino en el
conjunto de la vida cristiana. Es una virtud, entre otras: ni es la única
virtud, ni se la puede entender aislándola de las demás. El "organismo
espiritual" es una delicada trama en la que se ejercitan distintas
funciones en forma que cada una estimula a las demás y depende de las otras.
Sería tan ilusorio pensar que se puede ser cristiano sin apreciar y ejercitar
la castidad, como pensar que un discípulo de Cristo pudiera contentarse con ser
casto, haciendo caso omiso de las demás virtudes. En los tiempos que corren
pareciera más frecuente el caso de los que piensan poder ser buenos cristianos
sin amar ni practicar la castidad.
La concupiscencia
La palabra
"concupiscencia" pertenece al lenguaje bíblico. San Pablo nos dice
que "el pecado suscitó en mí toda suerte de concupiscencias... Me
complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en
mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del
pecado que está en mis miembros" (Rm 7, 8.22s). Es lógico que el Apóstol
recomiende a los cristianos que "no reine el pecado en vuestro cuerpo
mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias" (Rm 6, 12). San
Pedro nos amonesta a huir "de la corrupción que hay en el mundo por la
concupiscencia" (2 Pd 1, 4) y nos advierte del castigo "en el día del
Juicio, sobre todo a los que andan tras la carne con concupiscencias
impuras" (2Pd 2, 10). Santiago enseña que "cada uno es probado por su
propia concupiscencia que le arrastra y le seduce.
Después la
concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado, y el pecado, una vez
consumado, engendra la muerte" (St 1, 14s). El Apóstol San Juan, en el
contexto de la acepción negativa que suele emplear en el uso de la palabra
"mundo" dice que "todo lo que hay en el mundo -la concupiscencia
de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas-, no
viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero
quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Jn 2, 16s). El
"mundo" es en este texto toda realidad que está bajo el poder de
Satanás y de sus engaños y de él dice San Juan que "el mundo entero yace
en poder del Maligno... en tanto que nosotros estamos en el Verdadero, en el
Hijo de Dios, Jesucristo" (1Jn 5, 19s). Todos estos textos ilustran la
advertencia de Jesús en la parábola del sembrador, cuando señala, como una de
las causas por las que la Palabra de Dios no da fruto en algunos, que;
"... las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las
demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra" (Mc 4, 19). De ahí
que la carta a los Gálatas presente la vida cristiana como una denodada lucha
entre el espíritu y la carne, advirtiéndonos que el espíritu y la carne tienen
apetencias antagónicas irreductibles, de tal manera que los que verdaderamente
"son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y
concupiscencias" (Gal 5, 16-24). Esta lucha y esfuerzo para dominar las
concupiscencias implican constancia y negaciones: "los atletas se privan
de todo, y eso para alcanzar una corona perecedera; nosotros en cambio, para
lograr una corona incorruptible... golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo
alertado a los demás, resulte yo mismo descalificado" (1 Cor 9, 25.27).
Ciertamente, cuando Jesús dice que "si alguno quiere venir en pos de mí,
que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame" (Lc 9, 23),
está incluyendo la lucha contra el desorden interior o concupiscencia, y así
debe haberlo entendido San Pablo cuando habló de "crucificar la carne con
sus pasiones y concupiscencias".
La enseñanza de la
Sagrada Escritura acerca de la concupiscencia indica que es un desorden, que su
origen está en el pecado, que contradice al espíritu, que no es en sí misma
pecado, pero que induce a él, y que hay que sostener contra ella una dura y
permanente lucha.
De la lectura de los
textos bíblicos acerca de la concupiscencia, aparece que ella se manifiesta en
el apetito sexual, pero no únicamente en ese campo, aunque sea mencionado con
frecuencia (ver Jn 2, 16). Hay también un apetito desordenado de poseer bienes
materiales, y lo hay también en la búsqueda de honores o de poder. En todos los
casos se trata de un bien creado que es intensamente apetecido, y en forma
desordenada, al punto que la apetencia ya no es coherente con el papel que ese
determinado bien tiene en los designios de Dios, los que coinciden con la
dignidad y la santidad del hombre. Puede decirse que los bienes apetecidos en
forma desordenada llegan a convertirse en ídolos que intentan ocupar el lugar
que sólo le corresponde a Dios. Así como la Verdad es la que establece al
hombre en su correcta relación con Dios, así los ídolos son intrínsecamente
falsos porque nacen de un engaño y falsean la relación con Dios.
Conviene hacer aún un
ulterior análisis acerca de la concupiscencia.
Es, ante todo, una
apetencia, una inclinación del hombre hacia un objeto que se le presenta como
un bien capaz de complacer su deseo. Esta apetencia se produce antes de que la
razón alcance a juzgar sobre la rectitud o el desorden del deseo, y puede ser
más o menos vehemente. En este sentido se dice que la concupiscencia es
"antecedente". Si el juicio de la razón establece que la apetencia es
básicamente correcta y que, en consecuencia, la voluntad puede adherir al
objeto deseado, el impulso del apetito sigue haciéndose sentir y acompaña el
movimiento de la voluntad. Es, pues, "concomitante".
Si el juicio de la
razón califica el objeto como incorrecto, e indica a la voluntad que debe ser
rechazado y ésta de hecho lo rechaza, no por eso desaparece automáticamente la
apetencia: sigue inclinando hacia el objeto deseado aún contra el juicio de la
razón y el rechazo de la voluntad, lo que exige del hombre una lucha mediante
diversas estrategias para dominar la apetencia no deseada ni consentida, pero
que no está a su alcance hacer desaparecer por el solo imperio de su rechazo.
Es la concupiscencia "subsiguiente".
Todo cristiano debe ser
consciente de la fuerza que la concupiscencia lleva en sí y contra la que habrá
de luchar hasta el día de su muerte. Es un error pensar que la concupiscencia
se aquieta satisfaciéndola en todas sus apetencias: la conducta cristiana
frente a ella exige ascesis, lucha, "dominio de sí" (Gal 5, 23).
La concupiscencia
despierta ante lo que puede ser un objeto de su apetito. No siempre está en
nuestras manos evitar la presencia de estímulos de nuestras concupiscencias,
pero es un deber moral evitar los que pueden serlos. La espiritualidad
cristiana habla de la "guarda de los sentidos", es decir de soslayar
la presencia o no fijar la atención en de objetos que pueden ser motivo de
apetencias más o menos violentas y contrarias a la virtud cristiana, a las que
se podría ceder o que al menos pondrían en peligro la limpieza del corazón.
Precisando Algunos Términos
En el tema que nos
ocupa hay términos cuya significación está relacionada y que conviene
distinguir.
a) Virginidad
Es un concepto que
tiene originalmente una acepción biológica, y que indica la integridad física
de una mujer. La hija de Jefté lloró por los montes su virginidad porque
consideraba una deshonra morir sin haber tenido hijos (ver Jue 11, 29-40). La
virginidad tiene también una acepción religiosa, y significa en tal caso la
renuncia voluntaria al matrimonio por amor al Reino de los cielos. Estamos aquí
ante un hecho enraizado en una motivación religiosa. En esta segunda acepción
se aplica más frecuentemente a mujeres, aunque no falta en la misma S.
Escritura algún caso en que el término se aplica a varones que, por motivos
religiosos, renunciaron al matrimonio (ver Ap 14, 4). Los Padres de la Iglesia
escribieron tratados sobre la virginidad y elogios sobre las santas vírgenes.
La liturgia católica contiene, tanto en el Misal, como en la Liturgia de las
Horas, formularios para la celebración de las memorias o fiestas de las santas
Vírgenes. El Pontifical Romano contiene un solemne rito, normalmente presidido
por el Obispo, para consagrar vírgenes al Señor. El Concilio de Trento declaró
que la virginidad consagrada constituye en sí un estado de vida superior al
matrimonio, (Sesión 24, 11 nov. 1563, canon 10), lo que no significa que por el
hecho de la consagración en virginidad quien la ha realizado sea ya santo o
santa, o más santo que un casado que vive con perfección en el estado
matrimonial. San Ignacio de Loyola señala como signo de "sentir con la
Iglesia" la actitud de quienes alaban y aprecian la virginidad, aun cuando
no hayan sido llamados por Dios a servirlo en ese estado (ver Ejercicios
Espirituales, 4ª regla para sentir con la Iglesia).
b) Celibato.
También esta palabra
tiene al menos dos acepciones: una que se refiere al simple hecho de no haber
contraído matrimonio, y, una segunda que mira a la motivación religiosa que
puede tener ese hecho. En algunas lenguas la palabra "celibatario" es
equivalente, en el lenguaje común, a "soltero", pero tal uso del
término no es equivalente a "casto". En el uso religioso católico, la
palabra "celibato" tiene una connotación religiosa y se refiere
especialmente al varón que, con vistas a recibir el ministerio sacerdotal en la
Iglesia latina, promete solemnemente mantenerse sin contraer matrimonio y
llevar consiguientemente una vida de castidad celibataria. Así como el término
"virgen" se aplica preferentemente a la mujer, así el de
"celibato" se aplica preferentemente a los varones. Puede consagrarse
en celibato un varón después de su viudez, o después de haber llevado una vida
desarreglada; en cambio no puede recibir la consagración de vírgenes la mujer
que ha sido casada o que ha perdido voluntariamente su virginidad, pero puede
prometer para el porvenir la castidad propia de los celibatarios.
c) Castidad
La castidad es una
forma de la virtud de la templanza, la que consiste en el señorío sobre las
pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana, de modo que no obstaculicen
la meta de la existencia humana y cristiana que es "vivir para Dios",
sin permitir que nada creado se sobreponga a Él, se constituya en finalidad
independiente de Él o, en una palabra, impida amarlo con todo el corazón, con
toda el alma y con toda la fuerza (ver Dt 6,5; Mt 22, 37). La templanza se
refiere al recto uso de los bienes terrenales y es necesaria al hombre para que
dichos bienes conserven su calidad de medios al servicio de la finalidad última
del ser humano, sin erigirse nunca en objetivos autónomos. Frente a diversos
bienes temporales, la naturaleza del hombre, herida por el pecado, reacciona
con violenta apetencia: apetencias de dinero, de poder, de gloria o vanagloria,
de placer sexual (ver 1 Jn 2,16). La templanza y la castidad ayudan al hombre a
mantenerse en la verdad de su ser y de su finalidad, sin que las apetencias
desordenadas adquieran dimensiones de ídolos y disputen a Dios el lugar y el
amor a que sólo Él tiene derecho. En concreto la castidad permite al hombre
mantener el señorío sobre su sensualidad, respetando la finalidad del sexo y
haciendo que se ejercite sin menoscabar el amor a Dios y sin aprisionar la
libertad que compete a los hijos de Dios.
La virtud de la
castidad es pluriforme y tiene matices propios de los diversos estados del
hombre cristiano. Es diferente lo que exige la castidad a quien se ha consagrado
en virginidad o celibato, a quien está unido en legítimo matrimonio, o a quien,
sin estar aún unido en matrimonio, tiene el propósito o deseo de contraerlo más
adelante. En todas las formas de castidad hay algo común: el señorío sobre el
apetito sexual, como expresión de la búsqueda de Dios por sobre todo otro bien,
y la búsqueda de cualquier bien sólo en la perspectiva de la búsqueda de Dios y
de su amor. De modo que la castidad no es una actitud negativa, sino que, si
impone renuncias y vencimientos, los exige con miras a un bien supremamente
positivo: el amor a Dios. Se es casto para amar a Dios. Así se entiende la
bienaventuranza que proclama dichosos a los puros o limpios de corazón, porque
verán a Dios (Mt 5,8): quien es puro, en el más amplio sentido de la palabra,
está en condiciones de "ver" a Dios, de amarlo, de decirle con verdad
que nada hay tan importante como El, en ninguna situación o hipótesis.
La castidad es una virtud
Conviene ahora
detenernos en esta actitud cristiana que es la castidad y analizar su
naturaleza.
La castidad es una
virtud. ¿Qué significa esto? Una virtud es una disposición estable para actuar
bien, es un "hábito" que perfecciona a quien lo tiene, dándole cierta
con naturalidad con el bien obrar en su propio campo. Son ciertamente
meritorios los actos que corresponden a una virtud, pero puede haber actos
buenos ocasionales sin que exista la "virtud", o sea la disposición
firme y estable para actuar siempre bien.
Las virtudes se van
adquiriendo bajo el influjo de la gracia de Dios. Se adquieren a medida que se
reiteran los actos propios de cada una: su repetición va "arraigando"
la virtud. Junto con la reiteración de los actos de virtud es importante, para
adquirirla, que haya una motivación fuerte que induzca a los actos. Dicho en
otros términos el interés y la convicción existentes en quien desea adquirir
una virtud, son factores muy importantes para adquirirla. Por el contrario,
quien concede poca importancia o aprecio a una virtud, no la adquirirá por la
sola reiteración de actos más o menos maquinales.
La virtud de la
castidad es una expresión de la virtud de la templanza. Otras expresiones de la
templanza son la sobriedad en la comida y en la bebida, la moderación en el
descanso, la generosidad para dar ayuda a quien la necesita, la austeridad en
el uso de los bienes materiales, la mortificación del deseo inmoderado de saber
novedades o de la curiosidad, la sencillez -según su propio estado- en el
estilo de vida, etc...
El ejercicio de la
castidad se nutre, ante todo, de la mirada puesta en Dios, de la reiterada
expresión de amor a Él, y de la búsqueda de Él y de su gloria por sobre toda
creatura. Nada hay tan purificador ni nada puede conducir tanto al recto
aprecio y uso de las cosas de este mundo, como el amor de Dios, autor de toda
creatura. En cierto sentido la castidad es una condición y una expresión del
verdadero amor a Dios.
Toda virtud es ante
todo interior, es decir es una actitud del corazón antes que un comportamiento
exterior. Pero es indudable que no puede haber una actitud interior verdadera y
sincera sin que tenga una expresión exterior.
Así, la castidad se
hace visible en variados de actos externos que denotan la delicadeza, la
rectitud de intención, el respeto y la reverencia hacia Dios presente en sus
creaturas, especialmente cuando el impulso sensual puede empañar el amor
verdadero.
El aspecto positivo del
afianzamiento de una virtud no puede separase del lado que podría decirse
"negativo" y que consiste en el rechazo de todo lo que es contrario o
puede amagar la virtud. Este rechazo es indudablemente una
"mortificación", algo que cuesta y que implica un vencimiento, una
renuncia a algo que resulta atrayente. Es imposible ejercitar la castidad sin
rechazar lo que es incompatible con ella o que de un modo u otro la pone en
peligro. El "dominio de sí mismo" implica diversas expresiones que
deben manifestar el señorío del espíritu sobre la carne y en definitiva la
preeminencia del amor a Dios por sobre cualquier otro afecto o complacencia.
El vencimiento de sí
mismo en el ámbito de la castidad no es sino uno de los aspectos de la renuncia
a sí mismo y del cargar la cruz que compete a todo cristiano. Quienes
"viven...como enemigo s de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición,
cuyo dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más
que en las cosas de la tierra" (Fl 3, 18s), no son verdaderos discípulos
de Señor precisamente porque no llevan su cruz y no van en pos de Jesús (Lc 14,
27). La mortificación es una expresión de la conciencia de nuestra condición de
peregrinos: "nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como
Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo
nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de
someter a sí todas las cosas" (Flp 3, 20s). En la tierra, la cruz, signo
del señorío de Cristo, es instrumento a través del cual todo nuestro ser va
siendo sometido al poder del espíritu y va alcanzando así la verdadera
libertad, al paso que se va liberando de la esclavitud del pecado (Jn 8, 34).
El vencimiento de
nosotros mismos a fin de que la castidad se arraigue profundamente en nuestro
corazón se ejercita de variadas formas. Desde luego en las miradas, apartando
nuestra vista y curiosidad de lo que es incentivo de la concupiscencia carnal.
También renunciando a lecturas y espectáculos que transmiten mensajes
contrarios a la castidad cristiana. Obviamente evitando palabras o
conversaciones en las que está ausente el sentido de la pureza. La moderación
en la bebida tiene especial significación para el ejercicio de la castidad, ya
que el hombre que se encuentra bajo la influencia del alcohol pierde, al menos
en parte, el control sobre sí mismo en todo sentido, también en el de las
apetencias sexuales. Delicado es el campo del autocontrol en materia de
caricias. Sabemos que las hay perfectamente legítimas y puras, pero hay otras
que son un poderoso incentivo a la impureza. La caricia es en sí una expresión
de afecto, de cariño, pero puede ser, a la vez, un estímulo a reacciones
desordenadas que, aunque no sean directamente deseadas, pueden introducir la
apetencia incorrecta que es una forma de tentación. Quienes se preparan al
matrimonio, sea en la etapa del "pololeo", sea en la del noviazgo,
deben estar muy atentos a fin de que el natural deseo de expresar el afecto por
medio de caricias no exceda los límites de la pureza y no llegue a constituir
una ocasión de pecado de deseo o de acción. Es indudable que también en las
etapas que preceden al matrimonio la cruz de Cristo debe estar presente en la forma
de vencimientos que mantengan la relación de afecto en el marco que corresponde
a quienes no son aún marido y mujer y no pueden, por tanto, expresar su amor en
la forma que corresponde a quienes han unido sus vidas para siempre en el
sacramento del matrimonio y han llegado a ser "una sola carne" (Mt
19, 16). Ni humana ni cristianamente es lo mismo ser pololos, o novios, que
esposos: ni son iguales los deberes, ni las responsabilidades, ni el grado de
compromiso, ni, por tanto, los derechos. A quienes tienen el propósito de
contraer matrimonio, la castidad cristiana no sólo les exige abstenerse de la
relación sexual completa, sino de toda caricia íntima que por su propia
naturaleza excite la fuerza de la concupiscencia y pueda conducir a un pecado,
aunque sea sólo de deseo.
El cuidado de la virtud
de la castidad exige evitar lo que sea una ocasión de pecado. Entre las
ocasiones pueden enumerarse ciertos lugares y ambientes, determinadas personas,
algunas amistades. Al momento de cuidar el afianzamiento y crecimiento de la
castidad no es justo pensar sólo en nosotros mismos, sino que debemos
reflexionar acerca del daño que nuestras actitudes pueden causar en otras
personas. Supuesto que algo no constituye un peligro para mí, debo aún
preguntarme si no lo es para otros. La provocación de las pasiones ajenas es un
pecado para quien la produce. El "escándalo", en el sentido moral de
la palabra, es una acción que constituye un tropiezo para otro en su caminar
hacia Dios. Son severas las palabras de Jesús a este respecto: "... al que
escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le
cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y lo hundan
en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso,
ciertamente, que vengan escándalos, pero, ¡ay de aquel hombre por quien viene
el escándalo!" (Mt 18, 6s). La extrema gravedad de escandalizar a un niño
no significa que carezca de importancia escandalizar a una persona joven o
adulta. Quien causa escándalo, poniendo impedimento para que otro hombre avance
hacia Dios, da muestras de no pensar en que la propia responsabilidad moral no
sólo toca a nuestra persona sino también, en cierta forma, a nuestros hermanos.
Jamás puede un cristiano repetir las palabras de Caín: "¿quién me ha hecho
custodio de mi hermano?" (Gn 4, 9): cada uno es responsable del mal que
con sus palabras, consejos, obras u omisiones cause a sus hermanos.
Queda aún por decir una
palabra acerca del pudor. El pudor es garantía, de f ensa, protección y resguardo
de la castidad. Preserva la intimidad de la persona y designa la negativa a
exhibir lo que debe permanecer velado. Ordena las miradas y los gestos en
conformidad con la dignidad de las personas. Invita a la paciencia y a la
moderación en la relación amorosa conyugal. El pudor es modestia y debe
inspirar la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva allí donde
se adivina el riesgo de una curiosidad malsana. Existe un pudor de los
sentimientos, como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por
ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano, propios de cierta publicidad o
las incitaciones de algunos medios de publicidad a hacer pública toda
confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a
las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes. Es
un error grande pensar que el pudor es una especie de mojigatería, o la
expresión de tabús psicológicos. Es, por el contrario, la delicadeza que
requiere un campo de la vida humana particularmente sensible al desorden
interior que el pecado introdujo al hombre.
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