EL PURGATORIO

 


Purgatorio

EL PURGATORIO ES EL SUFRIMIENTO DE LAS ALMAS QUE NO SE CONDENAN POR NO HABER MUERTO EN PECADO MORTAL, PERO TIENEN QUE PURIFICARSE, DE ALGÚN RASTRO DE PECADO, ANTES DE ENTRAR EN EL CIELO.

La existencia del purgatorio es dogma de fe. Está definido en los Concilios de Lyon y Florencia. También en el Concilio de Trento.

«Ya en el siglo II se ofrecía la eucaristía por los difuntos».

En el Segundo Libro de los Macabeos (12: 43-46) se dice que con las limosnas en favor de los muertos éstos quedan liberados de sus pecados. Lo cual confirma la existencia del purgatorio.

Esto es tan claro que los protestantes, para negar la existencia del purgatorio se ven obligados a negar la autenticidad de este texto.

Sin embargo, la Iglesia, desde el principio, desde el Concilio III de Cartago (canon 47), ha tenido este texto como inspirado.

San Pablo indica que hay purificación más allá de la muerte. Y supone que se puede ayudar a los muertos, pues pide por Onesíforo, ya difunto.

Como los del cielo no lo necesitan, y en el infierno esto ya no es posible,  San Pablo se refiere a las almas del purgatorio.

Hablando del pecado contra el Espíritu Santo, dice Jesucristo que «no se perdona ni en esta vida ni en la otra».

Esto significa que hay pecados que se perdonan en la otra, es decir, en el purgatorio; pues en el cielo no es necesario y en el infierno, no es posible, pues dijo Cristo, que el infierno es eterno.

Por lo tanto se puede ayudar a las almas del purgatorio. Por eso los cristianos, desde el principio, han orado por los difuntos.

Los protestantes niegan la existencia del purgatorio.

Empiezan diciendo que Cristo murió para redimir a toda la humanidad, y que con su muerte estamos salvados todos. Que no son necesarias las buenas obras.

Es cierto que Cristo, con su muerte, ha redimido a toda la humanidad; pero Cristo lo que ha hecho es abrirnos las puertas del cielo. Nosotros tenemos que entrar con nuestros propios pasos. En el cielo no se entra a empujones.

En el Evangelio se repite varias veces que las buenas obras son necesarias para nuestra salvación eterna. No porque con ellas compremos el cielo, sino porque Dios quiere que colaboremos.

Con los méritos de Cristo se nos perdonan los  pecados de los que estemos arrepentidos, pero quedan las consecuencias de esos pecados. Como el que se arruina jugando en la ruleta. Si se arrepiente, se le perdona su pecado, pero su familia sigue arruinada.

De las consecuencias del pecado nos purificamos en purgatorio.

Cristo dice que daremos cuenta de cualquier palabra ociosa, es decir, hasta de las faltas más pequeñas.

Pero del infierno no sale nadie, y no parece adecuado un infierno eterno para las faltas pequeñas. Hay pecados que no son para la muerte.

Por otra parte, dice el Apocalipsis que en el cielo no entrará nada manchado.

Luego tiene que haber un medio para purificarse de las pequeñas faltas que no merecen un infierno eterno, pero que con ellas no se puede entrar en el cielo.

Eso es el purgatorio.

«Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios».

El peor sufrimiento del purgatorio es ver que se retrasa el estar con Dios, que se desea con ansiedad.

Pero este sufrimiento no impide el gozo de «la certeza de la salvación final, de una manera no posible en esta vida».

En el purgatorio se sufre como en el infierno, pero con la esperanza de que tendrá fin y luego vendrá la gloria eterna. Este sufrimiento se va aliviando al acercarse el final.

Todos debemos ser muy devotos de las almas del purgatorio. Los que están allí sufren mucho hasta que les llegue la hora de entrar en el cielo.

No pueden merecer nada para ellos mismos; pero desde este mundo podemos abreviar sus sufrimientos, ofreciendo por ellos misas, oraciones y buenas obras.

Con las indulgencias (nº92,3) podemos ayudar a las almas del purgatorio.

Debemos preocuparnos sobre todo de nuestros parientes difuntos, que quizás estén todavía en el purgatorio.

Quien no socorre a las almas del purgatorio merecer ser él también abandonado cuando se muera.

Si logro con misas, oraciones, etc., sacar un alma del purgatorio, tendré en el cielo para siempre un alma agradecida, que se interese por mis cosas y me ayude en mis necesidades.

«Los santos del cielo nos ayudan con su valiosa intercesión».

Algunas personas buenas, conscientes de lo necesitadas que están las almas del purgatorio, y de lo mucho que les podemos ayudar desde aquí ofreciéndoles sufragios, hacen lo que se llama «voto de ánimas».

Este voto consiste en renunciar a todo el valor satisfactorio que podemos alcanzar, para ofrecerlo en beneficio de los difuntos, comprometiéndonos a pagar nosotros en el purgatorio todo lo que debamos por nuestros pecados.

Este acto nos hace ganar mucho mérito delante de Dios. La Iglesia lo llama «Acto heroico de caridad» y Jesucristo no puede dejarlo sin premio, pues dijo: «Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia». Pues si con esto alcanzamos la misericordia de una buena muerte, ¿qué más queremos?

Para hacer este voto, no hay que rezar ninguna oración especial. Basta con un acto de la voluntad, una ofrenda hecha con el corazón. Pero si se quiere, puede emplearse la oración siguiente:

«Yo te ofrezco, Señor, por las almas del purgatorio, todas las obras satisfactorias de mi vida entera, y todas las que por mí se ofrezcan después de mi muerte. Te las ofrezco en unión de los méritos de Jesús y de María, y en manos de Ella las depositó para que las aplique según su voluntad. Dígnate aceptar este ofrecimiento, y ayúdame a vivir y a morir en tu santa gracia. Amén».

Es aconsejable renovar a menudo este ofrecimiento.

De suyo, aunque se llama voto, no es verdaderamente un voto, que obligue bajo pecado, y deshacerse en cualquier momento a voluntad del que lo hace.

La excelencia del voto de ánimas puede deducirse del gran número de personas insignes en dignidad, ciencia y santidad que lo han hecho.



Nelson Torres

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