El pecado original
El pecado
original
El pecado original es el pecado que cometieron Adán y
Eva al origen o principio de la humanidad, como jefes y representantes de todos
los hombres.
En muchas partes, la Biblia habla de este pecado. Pero
es suficiente recordar la carta a los romanos y el Salmo 51.
Por la
desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores (Rm 5,19).
Tú ves que malo soy de nacimiento; en pecado me concibió mi madre (Sal 51,7).
El relato de Gen
Pecado
y redención.
Tras el primer pecado se nos dio la primera palabra de
-esperanza (Ge. 3:15), y se señaló
el camino que Dios seguiría en el desenvolvimiento de la historia de la salvación.
Tras siglos de trato con su pueblo hebreo a base de una alianza en la que les ofrecía
perdón y redención, pero a la cual repetidamente respondían con rebelión e
infidelidad, Dios mandó a su Hijo en la persona de Jesús de Nazaret para que
destruyera a los poderes de maldad definitivamente y en nombre de toda la
humanidad Jesús encarnaba el amor de Dios que se opone al pecado y a sus consecuencias.
Jesús buscaba la compañía de pecadores, y vio su misión
como la de perdonar pecado (Mt 9:6; Jn
8:34-36, etc.). Sus discípulos predicaron en su nombre el perdón de los
pecados en todas las naciones (Lc 24:47;
Hch 2:38; 3:19; 5:31, etc.).
Caída del hombre
No se concedió a los Ángeles rebeldes ni un sólo
instante para arrepentirse; privados al momento de toda gracia y endurecidos en
el mal, fueron sentenciados a condenación eterna, sin esperanza alguna de salir
jamás de allí, pues, como dijo el Señor, el fuego eterno está preparado para el
diablo y sus ángeles (Mt 25, 41).
Pero les permite Dios que hasta el día del juicio
tiente a los hombres, como dijo San Pedro. También San Pablo nos da este aviso:
vestío la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas
del diablo. No tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra los
principados y potestades, contra los gobernadores de esas tinieblas del mundo,
contra los espíritus de maldad esparcidos por los aires (Ef. 6, 11-12).
El Diablo pone todos sus esfuerzos en
precipitar a los hombres a los tormentos del infierno, incitándolos a la rebelión
contra Dios y privándolos de la gracia divina. Dios, por el contrario,
pretende hacernos dignos del reino eterno, probándonos en la tentación.
De aquí nace aquella constante lucha entre el misterio de la caridad y el
misterio de iniquidad acerca de las almas inmortales de los hombres.
Esta lucha tuvo ya principio en el paraíso. El diablo,
impulsado por la enviada, porque los hombres habían de alcanzar lo que él había
perdido, se introdujo en el paraíso, a fin de hacer perder a todo el género
humano, haciendo caer al primer hombre. Por su poder y astucia, como lo enseña
la experiencia, es un temible enemigo de los hombres, pues no obstante haber
sido despojado de todos los dones sobrenaturales, conserva la naturaleza
espiritual.
Satanás, que, según enseña San Pablo, se disfraza en ángel
de luz (2 Cor 11,14) cuando se le
ofrece ocasión, se valió entonces de la serpiente para introducirse en el corazón
del hombre. Por esto, cuando San Juan nos da cuenta de la rebelión de los ángeles
en el cielo, dice: Y fue lanzado fuera aquel gran dragón, la antigua serpiente,
llamada diablo y satanás, que engaña a todo el mundo (Ap. 12, 9). De aquí
nacieron todos los males de la tierra, según dice la Sagrada Escritura: Porque
Dios hizo al hombre para la inmortalidad, y lo hizo a la imagen de su propia
naturaleza; mas por la envidia del diablo, entró la muerte en el mundo y la
experimentan cuantos le pertenecen (Sab. 2, 23-24).
El pecado del hombre
La serpiente, el más astuto de cuantos animales del
campo hiciera el Señor Dios, dijo a la mujer: ¿Por qué os mandó Dios que no
comieseis de todo árbol del paraíso? A lo cual respondió la mujer: De la fruta
de los árboles del paraíso, comemos; más de la fruta del árbol que está en
medio del paraíso, nos mandó Dios que no comiéramos, y que no lo tocáramos,
para que no muramos. Y dijo la serpiente a la mujer: No, no moriréis, porque
sabe Dios que el día que comiereis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis
como dioses, conocedores del bien y del mal. Vio, pues, la mujer que el fruto
del árbol era bueno para comer, hermoso a la vista y deseable para alcanzar la sabiduría
y cogió de él su fruto; comió y dio de el a su marido que también con ella comió
(Gen 3; 1-6).
Con
estas sencillísimas palabras se nos cuenta el acontecimiento más fatal que ha sucedió
desde la creación del género humano.
Para entender mejor el delito de nuestros primeros padres, hay que considerar
lo siguiente: Dios les había dado un precepto claro, fácil de entender y de
cumplir; en el paraíso no les faltaba cosa alguna y gozaban de muchos placeres,
como antes dijimos; la misma Eva, cuando el diablo le susurró al oído que Dios
le había mandado algo injusto, respondió con sinceridad: De la fruta de los árboles
que hay en el paraíso, comemos. Un sólo árbol fue exceptuado. Tampoco fueron
engañados por impulso de la concupiscencia, que les estaba sujeta por singular
don de Dios. El precepto, por tanto, no tenía otra finalidad que probar su fe y
obediencia. Además, Dios había sancionado el precepto con grave pena, de modo
que Adán y Eva no podían ignorar cuan necesaria era su observancia, dotados
como estaban de clara inteligencia.
En segundo lugar, Dios había colmado a nuestros
primeros padres de beneficios y siempre había conversado con ellos
familiarmente, como padre y amigos; ¿cómo, pues, podían dudar de su palabra?
Por el contrario, el diablo empezó con una mentira, al hacerles creer que Dios
les había prohibido el uso de todos los arboles del paraíso. Finalmente, Dios
les había claramente enseñado que la suerte del género humano estaba puesta en
sus manos, de manera que por la violación del precepto divino no se dañarían
solo a sí mismo.
Con todo esto, creyeron al diablo más que a Dios y
seducidos por una funesta ambición, comieron de la fruta vedada. No parecía,
sino que el diablo había logrado sus fines. Al momento, se vio qué ruina tan
grande habían causado a sí y a todos los hombres.
El castigo
Al pecado siguió el castigo; al instante abriéndose
los ojos de ambos (Gen 3, 7). El
diablo les había prometido que comiendo el fruto prohibido serían como dioses,
sabiendo el bien y el mal (Gen 3, 5).
Ahora lo conocían por experiencia, así como sabían también que habían hecho mal
desobedeciendo el mandato del Señor, y que el pecado es el mayor de todos los
males. Habían visto antes que el fruto era hermoso a los ojos, y agradable a la
vista, pero ahora experimentaron cuan malo y amargo es el haber abandonado al
Señor su Dios, y que los frutos del pecado son más amargos que el ajenjo
(amargura). Comenzaron a ser atormentados por los remordimientos de conciencia,
de tal manera que, quienes antes conversaban familiarmente con Dios, ahora se escondían
de la presencia del Señor Dios en medio de la arboleda del paraíso (Gen 3, 8), y olvidaban que estaba
presente en todas partes y conocía todas las cosas. A tan grande ceguera
cayeron por un solo pecado.
También experimentaron la concupiscencia, que antes
estaba ligada por el don de la integridad. Puesto que ellos se habían rebelado
contra Dios, la carne, perdida la paz y tranquilidad del alma, comenzó a
alzarse contra el espíritu. La razón dejó de ejercer perfecto dominio en la
parte inferior y sobrevino la necesidad de luchar hasta el fin.
Después se les dio a conocer la sentencia. Dios expulsó
a nuestros padres del paraíso para ellos plantado y le condenó a tierra de
miseria y de tribulación que, sembrada de pobreza y espinas, apenas les ofrecía
con que alimentarse. Por ti será maldita la tierra; con tu trabajo comerás de
ella todos los días de tu vida. Te dará espinas y abrojos y comerás de las
hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan (Gen 3, 17-18).
A una vida llena de miserias seguirías la muerte. El
camino del árbol de la vida quedó cerrado. El hombre tenía en adelante que
volver a la tierra, de donde había sido formado, pues Dios cumplió la amenaza:
Del árbol de la ciencia del bien y el mal, no comas; porque el día que de él
comieres, morirás (Gen 2, 17).
Más grave que todas estas penas fue la pérdida de la
gracia y de la divina amistad. Nuestros padres cayeron del orden sobrenatural y
perdieron la unión con la naturaleza divina. Se les cerró el cielo y les quedo
abierto el infierno. Tras tantas y tan grandes calamidades y serias padecidas
en la tierra, y arrojados de la presencia de Dios, no les quedaba sino la condenación
y la desesperación eterna.
¡Como se ha oscurecido el oro y se ha mudado su
bellísimo color! (Lam 4,1). Se ha
convertido la luz en tinieblas; el paraíso se ha trocado en destierro; las alegrías
de una hermosísima esperanza, han terminado en desesperación. No parece, sino
que los designios de la divina bondad se habían malogrado y que las asechanzas
del diablo lograban pleno éxito. ¡He aquí las consecuencias de aquel solo
pecado!
El pecado original.
Nuestros primeros padres cometieron un pecado
personal, quebrantando el precepto del Señor. Pero Adán no solo era el
principio físico del género humano, sino también su cabeza. Por esto, guardando
o quebrantando el divino mandato, no obraba solo en nombre propio, sino también
en nombre de todos los hombres del futuro.
También había recibido los dones preternaturales y sobrenaturales,
no solo para sí mismo, sino también en favor de sus sucesores, a fin de que,
por natural generación, lo heredasen todos los hombres. Con ello, si Adán no
hubiese pecado, juntamente con la vida natural, los padres hubiesen también
propagado en sus hijos la vida sobrenatural y los dones preternaturales.
Hubieran entrado todos en la vida con la gracia santificante. Aunque esto no lo
ignoraba Adán, se mostró infiel al mandato divino y cayó en el pecado.
Así, el pecado pasó
a los demás hombres, no como pecado personal, sino como pecado inherente a la
naturaleza humana. Todos los hombres lo contraerían en lo sucesivo, no por un
acto personal, sino por su mismo origen derivado de Adán. Por eso se llama
pecado original. En este sentido dijo San Pablo que todos pecaron, y todos están
privados de la gloria de Dios (Rom
3,23). Según los eternos designios de Dios, los hombres hubieran nacido
constituidos en gracia; esto no pudo ser después del pecado de Adán y se disipó
aquella preciosísima herencia. De aquí provino que Dios se sintiera ofendido y
que seamos, por naturaleza hijos de ira, (Ef.
2,3) y vasos de ira, aptos para la perdición (Rom 9,22).
En consecuencia,
junto con el pecado de Adán, heredaron también los hombres las penas y
consecuencia del mismo. Les quedó el cielo cerrado, y abundan en esta vida
muchos dolores, combates y abundantes inquietudes; por fin, sobreviene la
muerte. Se dijera que no ha quedado vestigio del paraíso.
Además, los hombres son tentados por la
concupiscencia, arrastrado a pecados personales y engañados por la ignorancia y
el error. Por la ceguedad del entendimiento y el dominio de la concupiscencia,
la voluntad ha quedado tan debilitada, que, en nombre de todos, exclamaba San Pablo: Soy carnal, vendido por
esclavo al pecado; porque no sé lo que hago, pues no obro lo quiero, sino lo
que no quiero y aborrezco; si, pues, hago lo que no quiero, reconozco que la
ley es buena. Pero entonces ya no soy yo quien obra esto, sino el pecado que
mora en mí... Porque yo me deleito en la ley de Dios según el hombre interior; más
veo otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a
la ley del pecado, que está en mis miembros. ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará
de este cuerpo mortal? (Rom
7,14-24).
También el mundo irracional parece haberse levantado
contra el hombre. Las criaturas, que están sujetas a vanidad y que gimen y están
de parto hasta ahora (Rom 8, 20, 22),
de muchas maneras combaten el hombre, por culpa del cual están bajo la maldición.
Gran número de animales son enemigos del hombre, y los elementos le ocasionan
daños y muerte; a menudo cree el hombre haber hallado en los elementos nuevas
fuerzas para convertirlas en utilidad suya, y luego se ve forzado a confesar
que también se ha preparado con ello nuevos peligros.
Pero el peor de
todos estos males es que los hombres, por la envidia y el odio, luchan unos
contra otros, como lo prueba el ejemplo de los hermanos Caín y Abel y lo
confirma la palabra del Señor: Los enemigos del hombre son los de su casa (Mt 10, 36).
Logró también el diablo extraordinario poder sobre los
hombres, tanto, que aun el Señor le apellidó Príncipe de este mundo.
Nadie que conozca o niegue el pecado original podrá
explicarse la historia del género humano. Ni podrá entender el significado y
valor de la vida espiritual quien olvide que sufrimos sus efectos. Esto es lo
que más debemos procurar: eliminar el pecado, pues no podemos esperar quedar
libres de los males si no arrancamos la raíz de ellos. Por eso, ya desde ahora
hemos de ver que el fundamento de la vida espiritual es la lucha contra el
pecado. Si por el pecado
hemos sido sometidos a la servidumbre de la carne, por el ejercicio de la vida
espiritual tenemos que recobrar la libertad del espíritu.
Nelson Torres
Febrero 2026
Santo Domingo
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